ANA ALCALDE ahora se llama Hanan Alcalde y ya no es agnóstica, ni hippie, ni andaluza. Es una liberada de la tracción de sus orígenes. La conversa al Islam por la gracia de su marido musulmán que es, además, Policía Local. Hanan Alcalde, conocida como Barbie Gaza por haber convertido la flotilla de Greta Thunberg en la palapa de Supervivientes, representa a la población modificada por la exposición continua a la radiación de las causas perdidas. La adicción a simplificar los asuntos importantes causa mayores estragos en España que las drogas. Los vídeos de gente prendida por el fentanilo en Estados Unidos -dummies crucificados con jeringuillas-, compiten con las ruinas ideológicas de los enganchados aquí al menoreo de las ideas.
Barbie Gaza también contiene trazas de una necesidad patológica por ser el centro de atención que sufre una buena parte de la población.Una ambición que, mezclada con las dinámicas activistas, arruina la vida de muchas familias. Las dinámicas activistas incluyen, como las invitaciones de boda en las relaciones entre los treintañeros, la posibilidad de acabar alistado a una batucada. Barbie Gaza podría ser a Oliver Laxe, el director de Sirat, lo que es Diane Keaton a Woody Allen. La musa radical que, en el fondo, lleva una vida conservadora. Visitante de comunas rehabilitada por el paradigma religioso del machismo en un mundo secularmente feminista. Madre de seis hijos que vive de las rentas de un negocio que le permitió dejar de trabajar. Es bastante probable que frecuentara teorías ACAB antes de casarse con un poli.
Sus primeras apariciones en los medios tras dejar Israel con un vuelo pagado por el Gobierno, han permitido comprobar que Lady Flotilla discurre en silla de ruedas. De la experiencia en el Mediterráneo, rodeada de mujeres capaces de articular un discurso sobre el lado equivocado de la Historia, no ha recolectado ningún argumento pertinente. Utiliza frecuencias conocidas en los bajos fondos de la popularidad. La única diferencia con Leonardo Dantés es el brillo de sofisticación falsificada que lleva su doctrina. Y aunque su descripción de la mujer occidental como otro objeto de consumo capitalista frente a la mordaza del burka tenga latido, no es capaz de capitanear su flotilla en tierra.
Navegar le ha dejado un álbum de anécdotas como a un Erasmus, pero los gazatíes siguen igual: es difícil diferenciar quién los defiende de quién los ataca. En pleno proceso de relevo de género, Barbie Gaza, una Roomba de cubierta, muestra el futuro. No importa el grado de empoderamiento alcanzado. Siempre habrá un musulmán al final del camino que señale, en nombre del multiculturalismo, cuál es su sitio: cuál es su causa, cuál es su casa, cuál es su religión.

