Pedro Sánchez es hábil. Y está desesperado. ¿Qué hace un hábil desesperado? Jugar la baza de Palestina aprovechando la sensibilización de la opinión pública con la situación de Gaza. Es una ola buena porque es transversal. Españoles de toda ideología simpatizan con los gazatíes aunque no se hayan tirado al arcén en la Vuelta ciclista. Sánchez lo ha hecho tarde, pero ha pillado a contrapié al PP, que si no actúa rápido puede quedarse aislado, como sucedió con el tema de Irak.
Esto no implica que el Gobierno vaya a rentabilizar la jugada. En este aspecto, la juventud es la clave y Sánchez no cuenta con su apoyo. Por eso el presidente juega duro pero con los ojos vendados, a la espera de un golpe de suerte: en la foto de la OTAN, en ser más chulo que Trump, lanzando dardos a Israel, etc. No quiere hacer de político, quiere representar el Bien, lo que en un político es siempre sospechoso. Sus movimientos no hacen más que buscar una agresión de Trump contra el gazpacho o la unidad nacional para quitar las bases americanas (con el riesgo de que Washington se las lleve a Marruecos) y convocar elecciones o que Feijóo sea tibio con Netanyahu para autoproclamarse embajador celtíbero de la OLP y proponer a Javier Bardem para la cartera de Cultura.
Todo esto es cortoplacismo, porque PSOE y PP hace tiempo que piensan que el futuro es un hoy con cocaína. Lo sucedido el domingo en Madrid en la Vuelta es mucho más importante de lo que parece. Como lo fue la decepción ciudadana cuando asomaba el lodo de la dana. Pero el bipartidismo sigue sin enterarse. Los jóvenes están hartos y preparan en silencio la quiebra del sistema con un voto cada vez más radicalizado.
Los partidos con opciones de gobernar confían todavía en su mayoría demográfica -pensionistas y funcionarios- y no aceptan que si no cambian, España será irreconocible en una década, y no precisamente para bien. El pesimismo que inunda el país no es culpa de Trump, Putin o Xi Jinping, es de la vivienda inaccesible, del contrato que va y viene y de pedir la paga al abuelo. Que las cosas pintan mal no lo dicen ya los populacheros, sino los economistas reputados que ven esto desde el extranjero, como Jesús Fernández-Villaverde, quien se reconoce asustado al detectar que el grupo intergeneracional de mayor renta per cápita del país son los mayores de 65 años. A nadie le importan los jóvenes porque su voto vale menos y ese es el error más estúpido que vamos a cometer los españoles.
La derecha populista tiene ventaja -el CIS de Tezanos dice que uno de cada cuatro jóvenes apoya a Vox- si bien, por fortuna, aún se manifiesta torpe estratégicamente. Lo que queda demostrado por su menor apoyo aquí que en otros países vecinos. La izquierda comunista tiene la baza palestina y su experiencia en el descontento. Sin embargo cuenta con el lastre de la deriva decepcionante del proyecto del 15-M y su interpretación ridícula de la cultura woke. Habrá que ver quién seduce mejor al que no espera nada.
Ningún país podrá sostener un gobierno que tiene a su juventud dispuesta a apretar un botón rojo en un acto de desesperación. La única solución es que la IA salga bipartidista.
