Era cuestión de tiempo que un menor magrebí ocupara las portadas de los periódicos por (presuntamente) haber violado a una joven española. Lo mismo que es cuestión de tiempo que un socio zurdo del Real Valladolid C. F. (pongamos) defraude un millón de euros a Hacienda o un señor con bigote y gafas de culo de botella mate a su vecino.
Estaría bien que el INE hiciera estadísticas en torno a la criminalidad fiscal de los socios del Real Valladolid C. F. o de la actividad vecinal de los señores con bigote y gafas de culo de botella, no vaya a ser que estemos aquí debatiendo sobre lo que no es y se nos estén colando delicuentes por las gradas de los estadios y los ascensores de la comunidad.
El caso es que, una década después de la foto del niño Aylan ahogado en una playa de Turquía (el sirio de tres años que murió huyendo de la guerra), el mundo es muchísimo peor y, en nuestro país, la insidia, la degradación de la convivencia y la inseguridad no tienen tanto que ver con la gente que viene de fuera sino con ciertos españolazos que anidan muy adentro.
Si hace relativamente poco un estudio de la revista Intelligence concluía que por primera vez en la Humanidad está bajando el cociente intelectual (esto es: somos cada vez más tontos), yo creo que también somos más hijos de puta.
Hoy, de media, se ahoga un niño migrante como Aylan al día en el Mediterráneo. Gente que antes al menos se emboscaba en un sospechoso silencio, ahora se atreve a decirte que pocos ahogados son.
(...)
La historia me la contó un buen amigo, cirujano cardíaco pediátrico que ha dedicado media vida a trasplantar corazones a niños en el Hospital Universitario de La Paz (Madrid).
"El padre del niño español que necesitaba el corazón era un hombre muy poderoso y conservador. No hablaba bien de los de fuera... Él nunca lo sabrá, esos datos no podemos darlos, pero a su hijo le pusieron el órgano que pertenecía a un chaval subsahariano que tenía más o menos la edad del chico con la cardiopatía. Era el crío de una familia sin papeles. El chico se ahogó y sus padres decidieron donar sus órganos".
¿Qué pensaría aquel hombre si entonces hubiese sabido? ¿Qué pensará si es que nos está leyendo?
Decía el inacabable Agustín Gómez Arcos (vean el estupendo documental Un hombre libre, de Laura Hojman) que "uno no se rebela por odio, sino por amor".
[Post data: el pasado viernes, mi periódico publicaba una noticia en la que mi amigo Josean Izarra glosaba la figura de Ibon Meñika, "el recaudador de ETA con dos condenas que lidera protestas contra Israel en la Vuelta a España"... Se me vino a la cabeza una pregunta: ¿tiene derecho a protestar por la falta de higiene democrática de Pedro Sánchez -pongamos- un tipo que estuvo a favor del dictador Franco? Sin duda alguna, yo creo que sí].

