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Alejandro Amenábar, una temporada en las tinieblas de Cervantes

El próximo 12 de septiembre estrena en cines su nueva película, ‘El Cautivo’, una arriesgada propuesta para narrar los días más oscuros del autor del ‘Quijote’: los cinco años que estuvo preso en Argel como uno de los esclavos del rey Hassán Bajá, con quien pudo tener algún escarceo homosexual

El director de cine, Alejandro Amenábar.
El director de cine, Alejandro Amenábar.ALBERTO DI LOLLI
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Lo ves y parece inofensivo, pero antes de cumplir 25 años despachó una película formidable y atroz con la que ascendió a los cielos del cine. Alejandro Amenábar, que nació en Santiago de Chile en 1972, pasó la infancia extrayendo de la cabeza historias que contar, gozando tebeos y excitado al imaginar cómo sería tener por juguete un fantasma de los de verdad. Por entonces vivía en Getafe. Aquel muchacho con cierta sobriedad de altiplano, responsable y aplicado, empezó a tener clara la fantasía de dirigir películas. Así que salió de la adolescencia con la identidad en regla y matriculado en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, rama de Imagen y Sonido, donde no terminó la carrera y facturó varios cortometrajes y aquella primera película formidable y atroz: Tesis.

Amenábar irrumpió en el paisaje como un joven prodigio con el flequillo algo desvaído sobre la frente ancha y noble. Todo el mundo quería conocerlo. En el cine español se instaló como un mirlo blanco y supo mantener el equilibrio necesario para que no se le recalentase el ego. En algunas de sus películas fue señalando con un puntero las partes esenciales de algunos temas que importan: desde lo pesadillesco de habitar entre el sueño y la realidad a la necesidad de abrir el debate sobre el derecho a la eutanasia; de la amenaza de los bárbaros y el fanatismo a la Guerra Civil. Amenábar ha triunfado como pocos desde los Goya al Oscar y en todos los éxitos ha navegado con la discreción de quien está un poco de paso por esa hojarasca. La elegancia de no dejarse destemplar fácilmente le ha servido de trinchera. Lo han aplaudido y lo han traicionado, como a todos, pero traía de serie la audacia y la timidez bien combinadas para observar a la distancia adecuada el trampantojo que también alimenta su oficio.

Tiene impulsos de echao pa'lante, aunque en verdad rumia despacio las ideas y no se lanza a las películas hasta que no tiene controlado el último detalle de guion y ha repasado mil veces el posible impacto y sus consecuencias. Hace unos años empezó a frecuentarlo el fantasma de Cervantes. No era una aparición, sino una curiosidad que se le fue haciendo grande entre las sienes y ya no podía quitarse de encima. Pero no el Cervantes de siempre, sino aquel joven oscuro, extraño, casi sin huellas a su paso, el preso en Argel durante cinco años. De 1575 a 1580. El soldado de brazo averiado, vaya una mercancía. El que sobrevivió en los dominios del despiadado rey Hassán Bajá y no se sabe muy bien cómo ni porqué, después de varios intentos de fuga. Es decir: el Cervantes que aún no era nadie. Se echó a escribir y dos o tres años después estrena el 12 de septiembre El Cautivo, la historia de aquel hombre en aquellos años y quién dice que no tuvo alguna relación carnal con su dueño y raptor.

Esta nueva aventura de Amenábar, de guion robusto, rodada y musicada con maestría, va a prender ánimos. Una leyenda como la Cervantes, tan adobada de verdad y mentiras cocinadas al baño maría, que no tiene un gramo de melancolía y está rebozada un poco en idealismo y otro cuarto y mitad de modales de tahúr, desacraliza la figura sin restarle exaltación vital a aquel hombre que pudo volver a España por una buena combinación de azares y unas cuantas onzas de otro. Amenábar no entra en toda la biografía del escritor ni en su largo escalafón traumático. Lo que busca es alumbrar la parte más opaca de un tipo genial que quería tener razón frente a todo el mundo, y escribiendo la tuvo. A la manera del filósofo situacionista Raoul Vaneigem viene a defender con El Cautivo que nada es sagrado y todo se puede decir. Incluso insinuar que Cervantes, tan atlante, jugó con las cartas que le convenían en cada momento, y hay en él más picaresca y juegos de manos que gloria de soldado.

Lo que admiramos del escritor es la literatura que levantó, esa catedral del idioma. La biografía sólo es una posibilidad entre mil. Por eso Amenábar, que tiene en el cerebro el ensueño mitológico de las carteleras de cine (de cuando existían esas cosas), ha hecho el filme que debía hacer. Un artefacto sin panfleto, pero con propuesta. Una pieza con afán de desafío. Una película que podría hacer que del fondo del alma de algunos espectadores emerja una moral recalcitrante si Cervantes besar la boca de un moro. Alejandro Amenábar no se ha refugiado en el oficio para dar cuerda a El Cautivo, al contrario: con esa lucidez callada parecida a la de un búho ha preferido saltar a la pata coja por el campo de minas que tiene alrededor cualquier mito. Aún más si propones meterle mano por la parte que lo hace más mortal, más inmediato, más humano, como cualquiera de nosotros: mitad miseria, mitad maravilla.

Algunas mañanas Alejandro Amenábar pedalea por el centro de Madrid a bordo de una estupenda bicicleta eléctrica de la marca Freeel. Va y viene de su corazón a sus asuntos. Le incomoda la exposición a la luz. Se ha confeccionado una tribu propia. Un puñado de hombres y mujeres de amistad fuerte a quienes cuida y quienes le cuidan. Conoce las claves de la conversación. Cauto, rápido, esquivo, burlón a ratos. Por momentos gasta maneras de hombre amurallado. Lo tiene todo clarísimo. O eso parece. Y en cierta manera de mover las manos es posible adivinar el rastro de aquel empollón coronado de obsesiones, feliz de seguir habitando a ratos en el barracón de tanta fantasía acumulada. Sonríe un poco como los hamsters si alguien le sugiere el ruido que puede armar con El Cautivo.