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El exceso errante de la Infanta Sofía es un error

Parece un exceso que, habiendo estudiado fuera el bachillerato, la segunda hija de los Reyes no escoja ahora alguna universidad en casa para seguir cultivándose

La Infanta Sofía, junto a los Reyes, en su graduación en Gales.
La Infanta Sofía, junto a los Reyes, en su graduación en Gales.POOL
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Sólo a los españoles a los que la monarquía se la trae al pairo les dejará fríos dónde vaya a cursar sus estudios universitarios la segunda hija de los Reyes. No hay que descartar que una mayoría de ciudadanos se encuentre en ese grupo. Y ello no sería sino un motivo de peso más para que en Zarzuela se reflexione sobre si se acierta o no con la decisión de que la Infanta Sofía vaya a realizar su formación superior en tres capitales europeas, fuera de España. Dicho en plata, todo apunta a que la única hermana de la Princesa Leonor seguirá teniendo una agenda institucional hueca hasta dentro de otros tres años como mínimo, y que su perfil público continuará como un arcano. Y empieza a haber más que señales que dan que pensar acerca de lo poco que ayuda al refuerzo de vínculos emocionales con la institución que su savia nueva esté tan desvinculada y desconectada de la cotidianeidad española. La cosa no es que la benjamina de los Reyes opte por un periodo de formación en el extranjero, cosa del todo habitual en cualquier familia real de nuestro entorno y probablemente tan enriquecedor como saludable, sino que ya parece un exceso errante que habiendo estudiado fuera el bachillerato no escoja ahora alguna universidad en casa para seguir cultivándose.

Se ha dicho hasta la saciedad que la Princesa y la Infanta han crecido alejadas del foco, con un celo de superprotección que fue defendida por sus padres contra viento y marea y frente a toda crítica. Ello, con sus ventajas para el bienestar personal de las interesadas, tiene el inconveniente de que en especial la Infanta sea hoy una total desconocida. Y mal se puede querer lo que no se conoce. Con una decisión que prolongará mucho más tiempo el que pueda seguir viviendo como -lo que no es- una ciudadana cualquiera, se desnaturaliza la esencia simbólico afectiva característica de los miembros de toda familia real que convierte a la Monarquía en una institución única. Mal casa, valga como ejemplo, que se elogie el manejo de idiomas de Sofía con que los españolitos no sepamos aún ni cómo habla.

Dejó escrito el gran tratadista sobre la Monarquía británica Walter Bagehot que la corona "hay que pasearla" y advirtió de que "si un rey no es más que un funcionario público útil que se puede cambiar y reemplazar, no exijáis que se tenga hacia él una veneración profunda". Esto que ya era cierto en el siglo XIX lo es mucho más en el XXI. La institución necesita mucho más que profesionalización y rigor en el ejercicio de sus funciones constitucionales. Su mero instinto de supervivencia le obliga también a que sus miembros se esfuercen sin tregua en hacerse querer. Se dice que el hoy emperador de Japón, Naruhito, conoció el mundo real durante su experiencia académica en Inglaterra, tan lejos del férreo protocolo palaciego, cuando por primera vez en su vida se enfrentó a situaciones como la de hacer la compra en un supermercado. El crecimiento personal da todo el sentido a enviar a los herederos y sus parientes a mezclarse con estudiantes de otros estratos y culturas un tiempo razonable, como ha hecho la propia Infanta Sofía los últimos años. Pero de quien está llamada a dedicar su vida a representar a la Corona se espera tanto una formación adecuada como mucha capacidad para empatizar y meterse a la peña en el bolsillo. No tarde, Alteza.