Una vez más, el discurso público se puebla de los consabidos paquetes de choque, tolerancia cero y caiga quien caiga. Pero la trama revelada por la UCO en torno a Santos Cerdán demuestra que, en la España de hoy, la corrupción en la obra pública es tan fácil como hace 40 años. Cambien el nombre de Santos Cerdán por el de Luis Roldán, quien antes de ser director de la Guardia Civil fue delegado del Gobierno en Navarra, y obtendrán un patrón idéntico en la facilidad de amañar concursos públicos y obtener mordidas a cambio.
«No se podía saber», se dice siempre. Falso. En toda trama de corrupción, como en un virus, hay un paciente cero: un primer caso que no fue detectado y que dio paso a otro, y así sucesivamente. Gracias a las informaciones que está publicando este diario sobre las irregularidades en la adjudicación de las obras del túnel de Belate, sabemos que Navarra es la zona cero de una corrupción que Santos Cerdán habría ensayado exitosamente para luego exportar, también con éxito, al resto de España.
Como demuestra la historia de esa adjudicación, la corrupción existe porque, aun cuando una trama corrupta se topa con secretarios e interventores de las mesas de contratación que denuncian las irregularidades, sus objeciones no paralizan el proceso ni logran hacer saltar las alarmas de las oficinas o fiscalías anticorrupción, de modo que los cargos políticos que están por encima de ellos logran sacar adelante el contrato.
Que en España exista corrupción no es un accidente, ni una manifestación más de la viciada naturaleza humana, tampoco de una tara moral específica de los españoles. Es el resultado directo, conocido y documentado en numerosos informes por todo tipo de expertos, instituciones y organizaciones internacionales como el Greco o Transparencia Internacional, que revelan la insuficiencia o debilidad de los controles establecidos para impedirla. La corrupción está muy extendida (en 2016 había 2.000 imputados por corrupción), igualmente estudiada y la manera de erradicarla es sobradamente conocida. La corrupción existe porque el riesgo es bajo y el beneficio alto. «Enséñame los incentivos y te mostraré los resultados», dicen los economistas. No gesticulen tanto y sáquennos del túnel de una vez.

