No he querido saber pero he sabido que uno de los ministros, cuando ya no era ministro y no hacía mucho que había sido imputado por cohecho, tráfico de influencias y pertenencia a organización criminal, salió al portal de la casa que la Guardia Civil había registrado durante nueve horas por orden del Supremo y atendió a la prensa ataviado con una camiseta blanca, ya icónica, que publicitaba la ciudad de Orlando, estado de Florida, United States of America.
He intentado sustraerme al magnetismo de semejante estampa, al ronco canto de esta sirena levantina con sobrepeso al que el PSOE ha roto el corazón como un marinero licencioso que se volvió súbitamente puritano. He querido no escuchar su lamento de náufrago delatado por la lija canosa de su barba ni apiadarme de la resignación hecha surco en las comisuras profundas de sus ojos, que tantas cosas han visto, que tantas experiencias han atesorado en los diferentes paradores de la vida.
Pero he fracasado. No resisto la tentación de escribir sobre Ábalos en esta página cándida y civil que contra la voluntad de los lectores más cafeteros prometí no dedicar a la política. Me propuse bajar las armas pese a la sostenida cadencia de los escándalos, decidido a explorar el artículo de arte o costumbres cada sábado, atento a la voz interior que me recuerda que no me hice escritor de periódicos para producir la enésima columna sobre el ínfimo sujeto que por una absurda mueca del destino gobierna España. Qué triste destino el de los airosos árboles talados, reducidos a pulpa de celulosa, condenados a sobrellevar la impresión de otro texto sobre Pedro Sánchez Pérez antes de envolver el pescado de mañana.
Ahora bien. Cómo no escribir una y mil veces de don José Luis Ábalos, que no es exactamente un político o no solo. Cómo no saludar, con los ojos húmedos de gratitud, el regreso al género picaresco de un arquetipo tan acabado, tan poco perfectible en su desparramada imperfección.
-He tenido un registro domiciliario, como sabéis. Tengo que decir que ha sido la propia Guardia Civil la que me ha llamado esta mañana diciéndome que quería entrar al domicilio, que bajara a abrir. Todo bien. El trato ha sido excelente. Ha sido muy, muy amable. Muy simpático. La verdad es que ha sido mínima la intervención. Muy profesional. Y lo único que les interesaba era el teléfono. Lo han clonado. Pero no se lo han llevado. Ah, y unas memorias digitales de petaca que no les ha dado tiempo a clonar: me han dicho que a partir de mañana.
El testimonio no dura más de un minuto. Terminamos de oírlo con el corazón encogido. Así habló el hombre que le ganó unas primarias a su jefe enfrentando a las bases con el aparato; el portavoz que le ganó después una moción de censura contra el PP porque, atención, «los españoles no podemos tolerar la corrupción y la indecencia como si fuera algo normal». En algún lugar de España hay alguien ahora mismo perdiendo dinero porque no ha impreso ya un millón de camisetas de Ábalos con la camiseta de Ábalos diciendo estas cosas.
La camiseta de Orlando es un documento de época que desbanca definitivamente al gabán Chesterfield de Bárcenas como fetiche del mangazo nacional. Porque también en la corrupción hay clases, y es fácil percibir que la corrupción de Ábalos cae mejor que la de Bárcenas. De la doble contabilidad de gomina y escapada de esquí a Suiza hemos pasado al tanga de leopardo colgando de la tulipa de un habitación de hotel de la España vacía. Quién no empatiza con eso. Con ese dandy barrial que les pone un piso y no permite que les falte de nada: todo pagado. Y luego, cuando lo pillan, da la cara en el portal con una interpretación de altísima bizarría, a medio camino entre la soledad ojerosa de Chenoa y aquel Jesús Gil que presumía de no tener dolo a la salida del juzgado que acababa de condenarlo por apropiación indebida y estafa.
Hay gente sin corazón que se indigna por las grabaciones que implican a Ábalos en el cobro de mordidas a cambio de obra pública. Pero don José Luis no es de los que se esconden: por sus venas corre la sangre de un torero. Va a abrir canal propio en YouTube. Si no lo peta como un gamer andorrano es que no hay justicia en este mundo.

