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Hay que generalizar

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«No generalices», objetó Don Sandio en el calor de la discusión. El antiguo discípulo titubeó al principio, pero sólo porque se le acumulaban los argumentos como ejército que se agrupa tras inicial dispersión. Cierto: la realidad está poblada de cosas concretas –grandes, pequeñas o iguales– y no es posible quedar a merendar con la grandeza, la pequeñez o la igualdad, porque estas abstracciones carecen de domicilio conocido. Pero, por otra parte, el pensamiento, elevándose a partir de hechos particulares, enuncia leyes abstractas que al aplicarse luego a la experiencia funcionan produciendo asombrosos resultados. ¿Qué son la técnica o la ciencia sino controladas generalizaciones? Y, por encima, ese saber que se hace cargo del Todo, la filosofía, especializada en ideas generales. «Pensar es generalizar», sentenció. «Pero lo contrario no siempre se cumple, joven», rearguyó Don Sandio: «Mira tantas terribles simplificaciones como se dicen». «Concedido, profesor. Hay que generalizar, pero haciéndolo bien».