Si hay un trabajo que no está pagado en España en estos tiempos, es el de editor de fotografía de un periódico nacional. Es la compañera o el compañero que tiene que seleccionar las imágenes que se han de publicar en las distintas informaciones. Por eso conviene que vean todas las instantáneas. Y todas son todas. A veces paso por detrás de su mesa en EL MUNDO y los veo allí -muy serios y absortos- lo mismo que quien tiene que asistir a diario a una morgue inenarrable e hipnótica. Tratando de seleccionar una imagen del horror. Viendo lo que nadie debería ver jamás: centenares de fotos de niños con un tiro en la cabeza, o con las vísceras al aire, o aplastados entre los escombros, o esqueléticos como en los campos de concentración nazis. Luego llegan a su casa de noche muy cansados. Con pocas ganas de hablar y el estómago revuelto. «¿No comes más?». «Es que no tengo hambre». Besan a su hija, que ya duerme. Cierran los ojos al fin en la cama. Tratan de respirar tranquilos. Y entonces no pueden conciliar el sueño.
Mañana -frente a la pantalla del ordenador, como en una pesadilla- les esperan nuevos niños desventrados en Gaza.
Así que usted no tiene ninguna necesidad de leer esto: hay analistas cojonudos por ahí en otras páginas que le van a explicar mejor. Así que usted no tiene por qué quedarse cinco minutos repasando todos los detalles de la fotografía que acompaña a este artículo en la web. Usted no se merece esto. Usted no es editor de fotografía.
¿Cómo será vivir allí? ¿Cómo el desgarro de una madre afónica que levanta un peso -flaquito ya- muerto? ¿A qué olerá Gaza hoy, lunes, con sus 33 grados?
«¿Cómo es posible que el pueblo judío, que ha sufrido cruentas persecuciones históricas, no reaccione ante la barbarie ejercida en su nombre? (...) ¿Cómo tolera el pueblo judío que su gobierno utilice métodos comparables con los del III Reich?». Lo preguntaba el reportero de guerra Vicente Romero en un artículo publicado en estas páginas. Era una columna que se publicó hace más de diez años.
Y, desde entonces, el mayor escándalo consentido en décadas por la comunidad internacional.
Quiero escribir lentamente lo que sigue: lo más parecido que he visto a Auschwitz en mis 53 años de vida ha sido lo que están haciendo con Gaza. Si una democracia consiente un genocidio, entonces no es una democracia. Los que no hayan muerto hoy, se suicidarán mañana. O sufrirán depresiones crónicas. O serán muertos en vida.
Y aquí seguimos. Antisionistas todos (al parecer). Nazis sin remedio por criticar al beatífico Estado de Israel. Coleguísimas ahora de Hamás (eso nos llaman) por pedir el fin del Hitler judío. Comprando su tecnología. Y sus cosméticos. Y sus dátiles. Y su discurso victimista. Mientras un misil convierte en papilla a un bebé que se la iba a tomar. Niños con moscas en sus ojos abiertos y glaucos. Niños sin piernas ni sitio adonde ir. Niños locos de remate. Niños que dentro de poco querrán morirse. O matar.
Niños que no saben que -acaso mañana, en cuanto amanezca- serán famosos en las pantallas de todos los periódicos.

