En un espectacular alarde de transparencia, La Bestia antes llamada Donald Trump hizo algunos nombramientos de su gabinete para su revuelta a la Casa Blanca convencido de que entre la cultura y el culturismo el cuerpo le pedía culturismo. Con esta premisa nombró Secretaria de Educación de EEUU a una empresaria del negocio de la lucha libre, Linda McMahon. Profesional respetadísima en los estadios donde dos mamarrachos congestionados de anabolizantes hacen que se dan golpes en un aceitoso baile y dan unos saltos asombrosos para entretener a gente que ya no sabe cómo entretenerse.
Pero hay más: Linda McMahon se licenció en Francés en la Universidad de Carolina del Este y logró un diploma por unos cursos de magisterio. Eso ocurría en 1969. Desde entonces no ha ejercido ningún oficio (ni pasatiempo) vinculado a la Educación. Sí al culturismo y sus derivados, insisto. Con este fibrado resumen profesional es posible sospechar que Linda McMahon ocupa el puesto de Secretaria de Educación porque es amiga de Trump, casi seguro que le financió alguna cosilla en la campaña electoral y también comparte con él esa pasión de clembuterol que desbordan sus empleados sobre el cuadrilátero: la amenaza, la expresión chocarrera, el gesto soez, la actitud horterísima y una sonrojante procacidad para armar cualquier bravata. Así que un analfabeto reventón como La Bestia y una magnate de la lucha libre, sólo ellos, pueden coincidir en que la Educación necesita a esa señora. El resultado es pernicioso. Trump tiene el cerebro seriamente dañado de estupidez y de delirios de grandeza.
Vamos al lío: La Bestia y la patrona de la lucha libre han ejecutado el gran disparate. Esta vez contra la universidad de Harvard, una de las instituciones educativas más reputadas del planeta, un centro de alto rendimiento de premios Nobel, presidentes de todo pelaje, científicos, científicas, arquitectos, consejeros delegados, consejeras delegadas, hackers, filólogos, historiadores del arte, poetas, triunfadores todos. Atacaron primero retirando las aportaciones públicas –abriendo por ahí la vía de agua– y después barrenando uno de los principios casi fundacionales de la Universidad: la mezcla, el de aquí y el de allá, el diálogo, el debate, el contraste bueno, la diversidad. Ya lo he dicho. Hay que ser burro y borde para decretar que se acabó el flujo de estudiantes y profesionales extranjeros en Harvard. Es una gilipollez tan desmesurada que podría mermar como nunca este lugar. Una juez local intenta frenar la embestida de este par de patanes, pero quién sabe hasta dónde pueden llegar.
Dos de los más intensos desprecios de La Bestia tienen el honor de soportarlos el periodismo y la Universidad: sendos espacios de confrontación (cuando la cosa va en serio). Y, principalmente, proteínas necesarias para la buena anatomía democrática (si es que hablamos de lo que hablamos). El empuje antintelectualista de Trump podría nacer (qué se yo) de un complejo o de un temor, pero fatídicamente viene de una región más transparente, la estupidez. Y también el alarde de la ignorancia. Y el golpe de pecho para remarcar autoridad, como una representación viva de la más genuina lucha libre americana.
Otro de los motivos lanzados a la atmósfera para justificar que odian la universidad (incluso las elitistas) parece un chiste: dicen que hay mucho subversivo infiltrado en Harvard, propalestinos violentos, guerrilleros contrarios a los valores que La Bestia y McMahon imponen. Quién iba a sospechar que una universidad así aloja y disimula un acelerador de subversivos capaces de cualquier cosa, hasta de pensar por sí mismos cuando sea necesario. La gente diversa es así, asquerosa por diversa. Al final le van a meter el miedo en el cuerpo al dueño de Facebook y va a ser peor.
Está claro, no hay día en que no lo esté. En este perro mundo del siglo XXI se trata, de momento, de elegir entre la ofensa desplegada por gentes como estos dos (una dedicada al fogueo de la violencia y el otro con el occipucio tintado de color zanahoria) o mantener la cordura. Como también sucede en la lucha libre, todos los combates están amañados. El de la La Bestia en su revuelta política también. La verborrea de portero de discoteca y la extorsión de oficial de aduana forman parte de la ficción teatral en la que vamos a permanecer un tiempo más. El inconveniente de tener que compartir tiempo de vida con incapaces como él y ella es que, mientras distraen al público de otros graves problemas, la representación se les vaya de las manos y alcancemos (como estaba previsto) el punto de nata de esta verbena ágrafa, que consiste en que cansados de tanta mediocridad desafiante se le cruce un cable a alguien y empiece a hornear la Tierra por hartazgo con una cerilla nuclear o a saber.
Volcar a Linda McMahon en la Secretaría de Educación de EEUU es una manera de no engañar a nadie. "Señoras, señores, hemos venido a echar abajo cualquier valor potable que afiance una idea de progreso como fingían los malditos wokes". Porque están aquí en parte por eso, la turra woke. Ellos son el alegre fascismo recobrado y la sincronizada degradación que traspasa el aire todo (fray Luis de León).

