Cada Nochebuena, a las 21, tío José se plantaba en el sofá. Creo que tenía un reloj de cuerda, así que difícilmente se enteraba de la hora exacta en la que vivía por una alarma; simple y ansiosamente sabía que se acercaba el acontecimiento y no se le pasaba, como si su despertador neuronal le exigiese serotonina. En un contexto de champán y de nécoras; de besos y de casa llena; de burbujas cálidas; el tipo abandonaba su copa a en punto, ni un minuto antes ni con un segundo de tardanza, y asistía en soledad a la ceremonia que él mismo había convertido en su propia liturgia: el discurso del Rey. Como en tantas casas, supongo.
Me generaba muchísima curiosidad. De pequeño, porque no entendía qué era tan importante para que, en plenas facultades de libertad, tío José prefiriese unas palabras que sonaban a blanco y negro antes que el color de la mesa puesta para 20. En un afán infantil por preguntarlo todo, me sentaba a su lado y lo interrogaba con vete a saber qué impertinencias ingenuas. Nunca me mandaba callar, así que no puedo asociar una embrionaria idea republicana a la enseñanza total que supondría ese acto: si un rey habla, el resto calla.
Tío José murió hace un par de años y nunca supe en qué habitación ideológica dormía más cómodo. No se lo pregunté, pese a que cada 24 de diciembre fui cogiendo la manía absurdísima de acompañarlo en su majestuosa rutina. El tipo escuchaba cada palabra, se reía muchísimo del fraseo del rey viejo y era, sobre todo, muy sentencioso. ¿Si era monárquico? Ni pajolera idea. Qué me iba a importar eso. Quizá lo susurró en algún momento, pero, bah. El discurso de los reyes estableció un vínculo que sobrepasaba cualquier conversación racional: estableció una costumbre.
Hay relaciones que se sostienen sobre el único haber que puede hacer brillar el pasado: la tradición. Y está bien que así sea. El turrón, por ejemplo, se basa en la tradición; también el polvo de nochevieja o el blanco de las bodas o el alcoholismo de fin de semana o la semana santa. Pero convendrán conmigo en que una jefatura de Estado debería erigirse sobre algo más sólido que un sofá que con el paso de los años va dejando, irremediablemente, la huella del culo.
No hay hoy en el mundo moderno ninguna función que convierta a un rey en un actor esencial de la democracia. Creer en ello es una cuestión de fe, de la idealización de cualquier tiempo pasado, que no fue mejor, aunque siempre nos lo parecerá. La obsolescencia está programada. Y, seamos sinceros, hay costumbres más urgentes de las que deshacernos.

