Un imperativo moral me obliga a escribir sobre Lalachus, el sagrado corazón y la vaquilla del Grand Prix. Otra vez. Pido disculpas. Simplemente tengan en cuenta que he dedicado caro papel de periódico a desmontar las patrañitas sobre la divina estampita. Y ahora, a tenor de los últimos acontecimientos, uno también tiene derecho a sentirse ofendido.
Faltaría más.
RTVE ha amenizado un programa con la queja de una espectadora sobre el caso. Le respondían la defensora de la audiencia y una experta en semiótica. Al parecer, la primera hablaba en nombre de la humorista, que hasta ese momento había mantenido silencio. Qué manera tuvo de zanjar el asunto: «Lalachus no tenía intención [de ofender]». Del susto, casi se me caen los calzoncillos. Me recompuse y presté atención a la experta. «Una vaquita que es de peluche...», decía, para rebajar la chanza pública; «el límite en un proceso creativo está en la falta de respeto». Oh, la, la. No pude evitar apagar, ¡levantarme!, blasfemar por la habitación adelante y mandar una queja a RTVE: me habían ofendido profundamente.
El silencio de Lalachus podía ser acertado, escrupuloso, cobarde, cómico, soberbio, superior; lo que quieran; cada uno es dueño de sus palabras y, sobre todo, de sus calladas. Sin embargo, nunca imaginé que ese silencio fuese cómplice. Cómplice de esos periodistas que entre polvorón y polvorón se llenaban la boca censurando a la humorista o de aquellos clérigos nostálgicos de la Inquisición que sacaron a pasear el potro de tortura. Les daba la razón. ¡El problema era el sentimiento de ofensa!
Salvo el caso Errejón, por aquello de la persona y el personaje, nunca había visto tal despropósito en un juicio. A eso estaba asistiendo. Desde la humildad, propongo tres líneas de defensa para Lalachus y para futuros chistes sobre la religión:
a) Más silencio no hace daño.
b) Recordar que a dios no le debemos nada. Que una sociedad laica debe reírse. De sí misma, por supuesto: también de donde viene para evitar que sus tradiciones se conviertan en dogmas.
c) Tirar de la fábula con aquella caricatura de Dilem: un cordero huye de un hombre que blande un cuchillo. «¿Por qué me quieres degollar, si no soy una mujer ni un intelectual?», le pregunta. Al rato, un imán alcanza al bicho y le clava una fatwa. El final es obvio: presentar disculpas a todos los practicantes moderados de asado de cordero del mundo.
En el famoso juicio contra Charlie Hebdo por las caricaturas de Mahora, dijo Richard Malka: «No veo por qué los musulmanes tendrían que ser los únicos ciudadanos del mundo incapaces de reírse de sí mismos». No lo son, mírenme a mí.

