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Los 40 y tantos golpes

Lo que debemos aprender de Michael Caine de la lucha de clases

La mayoría de los protagonistas de las grandes series inglesas del momento son de clase pudiente y sólo dos de cada 10 de los grandes intérpretes británicos proceden de la clase trabajadora. Le pregunto a Michael Caine

Michael Caine, en 'Las normas de casa de la sidra'.
Michael Caine, en 'Las normas de casa de la sidra'.
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Leo que la mayoría de los protagonistas de las grandes series inglesas del momento son de clase pudiente y que sólo dos de cada 10 de los grandes intérpretes británicos proceden de clase trabajadora. Esto no es nuevo. Al contrario que en EEUU y el resto de Europa, en Reino Unido los actores más importantes han salido de familias pijas y grandes internados. Mucho sir y mucho lord. Tan sólo se produjo una ruptura del estatus en los 60, cuando apareció una generación talentosa -con muchos escoceses e irlandeses-, que eran hijos de obreros y granjeros. Hablo de los Peter O'Toole, Richard Harris, Sean Connery y compañía.

La única estrella viva -se acaba de jubilar con 90 años- que encarnó ese ascensor social sesentero en cine y teatro es Michael Caine. Hijo de una camarera y de un mozo de pescadería, nunca renegó de su barrio natal del sur de Londres ni de su acento cockney. Se pasaba el esnobismo por el forro. «Desde que empecé en este oficio, he conocido a muchos iguales, pero ninguno superior».

Cuando Caine triunfó en Alfie y con sus papeles de Harry Palmer se compró una casa en Windsor. Sus vecinos hicieron una campaña contra él porque temían que hiciera una reforma de su nueva mansión hortera porque su origen era a su juicio vulgar. «Nadie me va a enseñar lo que es la teoría de clases: nací pobre, malviví en la clase media cuando empezaba como actor y ahora soy millonario», dijo. «Las conozco todas».

Para entender esto de las castas hay que recordar que su papel protagonista de teniente en Zulú (1964) se lo dieron porque el director no era inglés. En el cine británico, los actores de clase trabajadora no podían interpretar a oficiales del Ejército porque se creía que no eran capaces de reproducir esos modos marciales que combinaban integridad y chulería. ¿Se creen ustedes a Caine en Zulú? Pues eso.

Cuando tengo un mal día busco viejas entrevistas suyas en YouTube y me pongo de buen humor. Caine es agudo y orgulloso, conservador (votó a favor del Brexit) y se ríe de sí mismo. Cómo no se va a querer a alguien que un día vio un anuncio de un café brasileño en la tele y se quedó prendado de su protagonista. «Mañana cogemos un vuelo a Brasil para buscar a mi futura mujer», le dijo a un buen amigo. Compraron los billetes y se fueron de juerga antes de salir para el aeropuerto. Esa noche le contó lo que iba a hacer a un conocido que se encontró en una discoteca, que resulta que trabajaba en una agencia de publicidad que había hecho el anuncio. «¿Te vas a Brasil? Si la modelo del comercial es india y vive en Fulham Road, a pocos kilómetros de aquí». Así que Caine no fue a Brasil y sí fue a Fulham Road en busca de la bella Shakira. Llevan casados más de 50 años.

A mí sobre todo me hace mucha gracia el Caine de los años 90, cuando, ya veterano, Hollywood no le ofrece ningún papel decente y parece muy lejana la resurrección que ha vivido en este siglo. Hizo hasta de villano en una de tortazos de Steven Seagal. «En ese caso rompí la regla fundamental de las malas películas: si vas a hacer una película mala, al menos hazla en un lugar estupendo». Dijo eso porque el rodaje fue en Alaska, en pleno invierno, y se pasó todo el tiempo tiritando. Quizás por eso aceptó salir en Tiburón 4. La venganza, una secuela horrible en la que le pagaron un millón de dólares y se rodó en Bahamas. En una entrevista un periodista le dijo que había visto la película y que era «una basura». Entonces Caine contestó con esa gracia suya: «Yo no la he visto, pero sí veo la casa que me he comprado con lo que me pagaron y es una maravilla».

Si tienen un mal día escuchen a Michael Caine o pónganse a ver El hombre que pudo reinar. Yo ya le echo de menos.