El personal se está tomando a Donald John Trump totalmente en serio. Los partidarios llevan el ditirambo a cotas que habrían sonrojado al Dionisio Ridruejo de 1939. Los detractores han fatigado los símiles con Adolf Hitler hasta extremos contraproducentes para el antifascismo. Y los sutiles equidistantes -el peor pecado de nuestra edad binaria- apuntan las causas sociológicas del populismo al tiempo que sopesan los deméritos del progresismo identitario y las ventajas de los checks and balances en la democracia yanqui. Igual estas tres posturas son las pertinentes porque estamos ante un cambio de paradigma. Pero cabe una cuarta aproximación que no estamos explorando y que quizá sea la que preferiría el propio niño obstinado que habita el interior de Donald John. Ese acercamiento al fenómeno no ha de ser político ni ideológico ni socioeconómico, sino lúdico o bufo.
La polarización famosa quiere que enterremos la sabia prescripción de Camba: no tomarnos las cosas ni completamente en serio ni completamente en broma. Ya sabemos que Donald John tiene el maletín nuclear, una irresistible inclinación hacia los matones del patio global y una opinión manifiestamente mejorable de los mexicanos en particular y de las mujeres en general. Pero también sabemos que él es el primero que no respeta sus promesas, que propende a la exhibición antes que a la ejecución y que ha hecho de la hipérbole una habitación propia. Literalmente una torre dorada. En serio: no es serio tomarse en serio a alguien que vive en un sitio así.
Los aterrados, además de insultar a los votantes de la única democracia que no ha conocido interrupciones desde su nacimiento, deploran el control total del partido, el dominio republicano de las dos cámaras y la mayoría conservadora en el Tribunal Supremo. Los entusiastas, por su alborotada parte, olvidan los contrapesos territoriales del Estado federal, la saludable infidelidad orgánica de congresistas y senadores y los precedentes de independencia que acreditan allí los jueces, empezando por la unánime negativa a impugnar el triunfo de Joe Biden. Serán cuatro años interesantes, no cabe negarlo. Pero serán cuatro años.
Sospecho que mi aproximación desenfadada al retorno del trumpismo irrita por igual a trumpistas y antitrumpistas. Ya siente uno cómo le cogen de la pechera unos y otros por no hincar el menisco ante el genio epocal o por no temerlo como debiera un demócrata consciente. Yo soy el primer sorprendido de la íntima indiferencia con que mi sensibilidad ha acogido la vuelta de Donald John a la Casa Blanca. Quizá la di por hecha tras la foto icónica del atentado, seguramente el único momento de su vida en que Trump se comportó como un hombre. O quizá es que el final del recuento me pilló en Valencia, con el cupo muy cubierto del espanto. La cantidad e intensidad de información que podemos captar a través de nuestros sentidos son limitadas, y las imágenes, sonidos y olores que ofrecen esas calles no dejan espacio cognitivo para nada más.
Los analistas de izquierdas menos idiotizados por la histeria woke (es decir, los que continúan siendo laicos) se afanan en explicar el trumpismo como la consecuencia inexorable de la depauperación de las clases medias. En mi modesta opinión la cuestión es menos racional: hace tiempo que la política es otra rama de la literatura fantástica, como la teología según Borges. Donald John, como buen niño grande, conoce íntimamente las dos emociones que movilizan a las masas: el miedo y la esperanza. Su personaje ha logrado fundirlas en un único envoltorio chillón que captura la imaginación aspiracional del votante/usuario mejor que sus rivales. Su cuento resulta más convincente, y ofrece tantas variantes narrativas particulares (contradictorias si tratamos de ensamblarlas todas) que permiten a cada cual quedarse con la que mejor acaricia su asustado corazón. Para unos es un paladín cristiano, para otros un businessman de éxito, o un cowboy fordiano, o un vengador de célibes involuntarios.
Pero me temo que ni la globalización es reversible ni los ideales humanos de libertad e igualdad admiten sucedáneos duraderos. Dejemos que el nene termine su función y ya recogeremos luego el cuarto.

