Este periódico tituló su edición del miércoles con estremecedora precisión: "Trump arrolla y da alas al autoritarismo global". Un concentrado de palabras que al contacto con la atmósfera advierte de algo tremendo: el eje del mundo democrático está corrigiendo su posición por el lado que no es. Y ese corrimiento de tierras exige trauma. Con la mínima inversión intelectual posible, los King Kongs de la ultraderecha están recuperando el espacio que varias décadas de democracia fitosanitaria la obligaron a abandonar. La victoria electoral de Donald Trump es el campo base. Para fabricar al desaprensivo idóneo ha hecho falta tiempo. Pero ya está aquí. Es el centro de alto rendimiento del neoreaccionarismo que viene minuciosamente a estrangular algún progreso. Lo demás será arrasado. Trump propone un horizonte de desorden, sinceramente fanático, donde Elon Musk y otros mirlos futuristas aceleran, ahora también desde dentro, el réquiem contra la escasa democracia abierta que aún queda. Esto comporta un riesgo altísimo.
Saben (además) que casi todas las palabras nobles están gastadas y eso favorece a la mentira, que es la masa madre del proyecto. La mentira lleva a la confusión. Y ésta, a la violencia. Y la violencia como herramienta de trabajo es una parte de su gloria paralizante y pestífera. Trump impone una granjaescuela de fascismo sobredorado y sin provisiones morales. Sólo hay que tener el cerebro lo suficientemente cerrado para comprar su ticket de vuelta. Imagino que mucha gente lo ha elegido por venganza, otros por desencanto y los más promiscuos como huida hacia delante desde el desengaño de quien ya nada espera. En algunas cosas no difiere demasiado de algunos líderes españoles, porque el estado de alucinación y desguace no es privativo de Donald Trump. Qué va. Lo que ocurre es que a él no le importa exhibir la villanía, la ordinariez, el patrimonio catastrófico de su ideario podrido. Tiene 78 años y mete miedo porque ahora sí está imparable. Ahora sí. No hace falta vivir en EEUU para saber, a todas luces, que la realidad se complica en cualquier dirección. Por supuesto, aquí en España también. Aunque para envenenarlo todo un poco más los políticos nativos no necesitan injerencias. Basta mirar la desvergüenza ejercida desde el frente institucional en la gigante desgracia de Valencia.
Es demostrable que Trump representa a los bárbaros del poema de Cavafis, que regresan. El presente es suyo. Y la derrota nuestra.

