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Correr la milla

Sobre la vida de los demás

Todo el interés sociológico de RoRo radica en los efectos provocados por su éxito

Imagen de la tiktoker Roro.
Imagen de la tiktoker Roro.TikTokMUNDO
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Antes de ocuparme del tema, me siento obligado a confesar el sesgo que nubla mi juicio. Yo en los vídeos de esta chica llamada RoRo solo puedo fijarme en la focaccia. Igual que hay una male gaze que condiciona las opiniones masculinas, la mía debe de ser un hungry gaze.

En un día que no quiere complicarse, RoRo elabora por amor su marido, con cerveza alemana y sin tomar ni un atajo envasado, la masa de una empanada de atún. Yo no sé cuánto hay de artificio en su amorosa laboriosidad, ni tampoco si su producción audiovisual es un negocio o una forma hábil de propagar una agenda ideológica por parte de algún grupo de interés. Quizás sólo sea una chica a la que le gusta cocinar y que se acoge a la cláusula de exageración vigente en cualquier red social.

Creo que todo su interés sociológico radica en los efectos provocados por su éxito. Ha provocado un brote de erisipela en las concernidas habituales. Hablamos de ese linaje inextinguible de viudas de reemplazo que desde hace siglos se sienten aludidas por la vida de los demás. Entre ellas, hoy destaca por su función pública Rita Maestre, que ha manufacturado el vídeo que de verdad debería mover a escándalo. Hay una derecha religiosa que se dedica a prescribir con pesado proselitismo un modo vida, y esto sin duda puede resultar molesto, pero hay una izquierda LINO -laicist in name only- aún más ofensiva, que en lugar de prescribir lo suyo se dedica a censurar de forma muy antipática la vida de los demás.

Urge acudir a la jurisprudencia de Michi Panero: en la vida se puede ser cualquier cosa menos un coñazo. No fue tan elocuente Thomas Jefferson cuando proclamó el derecho inalienable a la búsqueda de la felicidad. Ambas ideas permiten esbozar una ética mínima de la convivencia. Hay un tipo de político que, en lugar de desbrozar el camino para que cada uno pueda buscar la felicidad allí donde crea que se encuentra, se dedica a predicar su credo cejijunto. Merece todo el desprecio, como cualquiera que no guarde un respeto irrestricto por el proyecto de vida de los demás.

William Ellery Channing era un ministro protestante que se enfrentó a la intolerancia religiosa de los suyos con una hermosa liberalidad. Ese espíritu liberal lo definía como «antítesis misma del paroxismo religioso, de los amargos chillidos y gritos; temblores y agitaciones similares a convulsiones que caracterizaban a diversas formas de evangelismo popular». No deja de ser curioso que ese convulso evangelismo lo encarne hoy en España quien se forjó políticamente en la profanación de la capilla de su universidad.