El camino a la felicidad está libre de grasa. Al infierno, por el contrario, se accede resbalando por un tobogán de sebo. Esa idea que funde felicidad y delgadez, tan tonta e irracional, está sin embargo de plena actualidad. Una prueba: la farmacéutica danesa Novo Nordisk, que comercializa el medicamento para diabéticos convertido en la panacea para adelgazar, es ya la compañía más valiosa del mercado: su valor supera al PIB de su país.
Queremos estar delgados a cualquier precio.
Cuenta María Fernanda Ampuero en Visceral que, de adolescentes, iban a que el doctor Miranda les inyectara esas cosas sin nombre que inyectan a las niñas gordas. Alguien dijo que era racumin, veneno para ratas, y una compañera afirmó que prefería morir como una rata que vivir como una ballena. María Fernanda acudía a la consulta con la esperanza de reflotar entre la grasa a la chica delgada y feliz que llevaba dentro, a esa que invitaban a fiestas, daban besos, dedicaban canciones. Varias jóvenes murieron por sobredosis de anfetaminas, pero sus cadáveres no tenían forma de rata. De esto hace 30 años.
Hace algunos más, María Callas comía huevos de tenia que eclosionaban en su intestino y la aspiraban desde dentro. Le fallaban las fuerzas, sufría desmayos, pero cada día se parecía más a Audrey Hepburn, así que todo bien. Un día, mientras tomaba un baño en el hotel plaza, vio cómo la tenia salía de su cuerpo y nadaba por la bañera. Abrió las piernas, cerró los ojos y dejó que la tenia volviera a entrar. Lo cuenta Sabina Urraca en su último libro, El celo.
Nada ha cambiado. Y no estaría yo ahora escribiendo sobre esta idea estúpida, irracional, de confundir felicidad con delgadez, si no fuera porque también a mí me ha calado más de lo que quiero admitir.
No recuerdo haber recibido más piropos que cuando he tenido un cáncer o me he separado. Te veo fenomenal, estás estupenda, me decían los conocidos en la calle. No, solo había adelgazado. Sufrir había limado mis carnes, quitado el sobrante a la escultura.
¿Qué tendrá la delgadez que tanto nos seduce? Reconozcamos que, si no es extrema, conduce directamente a la belleza. Los ojos se agrandan, las líneas se vuelven elegantes, sutiles, las piernas se alargan. Negarlo es como negar el efecto placentero de las drogas, no puede combatirse la adicción si negamos el subidón.
Lo que no está tan claro es el segundo paso: el que va de la belleza a la felicidad. ¿De verdad la estética nos hace más felices? A veces me sorprende esa devoción absurda de muchos hombres por la belleza física, es como si le atribuyeran una superioridad moral, como si ese azar genético obedeciera a algo divino.
A veces me sorprendo pensando que sería feliz ininterrumpidamente viviendo en un palacio, rodeada de obras de arte, ebria de hermosura todo el día. Pero enseguida me recuerdo que la felicidad nada tiene que ver con eso. Que el mejor piropo de todos los tiempos sigue siendo: Dios mío, qué guapa estabas esta tarde cuando hablamos por teléfono.

