Los estafadores del amor han existido siempre porque el amor es una estafa. Como la familia. ¿Cómo vas a amar al prójimo si odias a tu hermana?
El triple crimen de Morata de Tajuña -esos tres hermanos que se habían endeudado con su asesino para pagarles dinero a dos militares americanos que no existían- nos hace pensar en cómo funciona este tipo de estafa a nivel empresarial. ¿Acaso no lo es cualquier negocio?
Imaginen una casa en Osogbo [por decir alguna ciudad de Nigeria] con un par de ordenadores y sus habitantes haciendo trabajar una pyme con la que pueden llegar a sacar cientos de miles de euros. Por ejemplo, Emmanuel (por Amunike), Nwankwo (por Kanu) y Victor (Oshimen, del Nápoles) buscando fotos con su móvil —de Wesley Clark y Mario Guerra en el trágico caso de España— para convertir en carne virtual a los falsos marines que sedujeron a las hermanas de Morata de Tajuña.
—Chicos, que a esta le he sacado un piso en Coslada —dice uno.
—¿Y eso dónde es? Voy a googlearlo.
—Pues no está mal.
—Le voy a pedir a éste otros 400 euros... A ver si se los saco.
Y así hasta los 400.000 euros que han sacado a alguna de las víctimas, según las estadísticas de las asociaciones encargadas de gestionar a los afectados por las estafas del amor. Y donde leen apuestos marines pongan apetitosas viudas o dulces enfermeras francesas en el caso de los señores. Cuando los hombres llegan a ese momento en el que piensan que el próximo polvo puede ser el último, no se suelen negar a nada. Polvo quieres y en polvo te convertirás, a vivir que son dos días.
El otro día Quico Alsedo contaba que las estafadas echaban de su casa a los policías que les advertían que esos enamorados solo querían sacarles el dinero. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Blanca Frías, presidenta de una asociación de víctimas de estafadores del amor (Anceme), dice que esa señora tan amable que se ha amigado con tu padre a través de Facebook puede ser un yemení que se quiera quedar con su piso. Como a otros tantos, hombres y mujeres, qué más da. O de Nigeria, país que da nombre a otra de las estafas más conocidas, la de la herencia que para ser cobrada requiere de unos fondos que deben transferir las víctimas. (De hecho, cuenta la Wiki que Nigeria hace mención de este delito en su Código Penal aunque el el 16% de los perpetradores se localiza en el Reino Unido frente al solo 6% que lo hace en Nigeria).
Triste es pensar en esas mujeres que leen las primeras palabras de amor en Facebook como si fueran las de Rodolfo (P) Valentino. «Hola feliz año nuevo estuve un rato mirando tu página mirando tu hermosa foto. Me asombró la increíble belleza con la que Dios te creó. Me gustaría tenerte como amigo. Tengo muchas ganas de saber más acerca de este hermoso ángel con el que estoy bendecido». (...) «El perfil y las fotos que publicas son tan hermosos como impresionantes, tu sonrisa caprichosa me llamó la atención y vale la pena leer lo que publicas en tu línea de tiempo (sic.)». Pienso que debe de ser lo que tradujeron del yoruba. Es decir, pasado por el Chat GPT: «E kabo odun tuntun ti mo n wo oju ewe re fun igba die ti mo n wo foto re to dara, ewa alaigbagbo ti Olorun da e ni o ya mi lenu, mo fe ki e ni ore, looto ni mo fe mo siwaju si nipa re. Áglì lwà yìí tí a bù kún mi (...) "Profaili ati awn fto ti o firan j lwa bi wn e j iwunilori, rin rin r gba akiyesi mi ati pe ohun ti o firan lori aago r tsi kika». Me habría inventado la traducción en ese lenguaje en el que los europeos paletos imaginamos pero... Hay que ser respetuosos.
El amor —como la ilusión, las expectativas, las ideas...— no deja de ser una estafa. Otra cosa son los inmorales que se aprovechan de los vulnerables. Quizás eso es lo que deberíamos pensar al leer los programas de los partidos políticos. Olorun da e ni o ya mi lenu...

