Has tenido un año de mierda, eso me cuentas. Trescientos setenta y tres días atrás estabas tan contento (¿te acuerdas?) y, de repente, cuando menos lo esperabas, nada más levantarte, aquella noticia que nadie quiere protagonizar. Te atendieron a tiempo y menos mal: la ambulancia llegó a los cinco minutos. Mientras te llevaban, tú tratabas de sonreír para que las chicas no se asustaran. Pero no podías: tenías media cara paralizada.
Al principio pensabas que no te podía estar pasando a ti. Luego vendría la rabia. Y al fin -como una tenaza que te agarra del cuello y no te suelta, también hoy a veces-, la tristeza.
Y sin embargo...
Ha sido un año de mierda, dices, y golpeas la mesa con el puño cerrado mientras comemos, y aprietas la mandíbula un segundo. Fue como en uno de esos reportajes tuyos llenos de vida en los que salen personas muy dañadas: maltratadas, o víctimas del terrorismo, o enfermos, o gente que tiene que volver a empezar. En tu caso, amigo, fue una hemorragia cerebral. Y tu vida se llenó de maquinitas. Y de fármacos nuevos. Y de miedos viejos. Y de lagunas. Y de desaprendizajes. No te reconocías delante del espejo, pero te digo (esto lo hemos hablado entre varios, créeme) que nosotros no dejábamos de reconocerte ni un solo día. En tu bondad a pesar de todo. En tu valentía a pesar de todo. En tu caligrafía a pesar de todo. No querías ver a nadie. Y al que menos, a ti mismo.
Y sin embargo...
De tu año de mierda hemos aprendido que la felicidad es la ausencia de dolor y nada más que eso. Que la dicha no tiene tanto que ver con las cosas buenas que nos pasan, sino con la gestión que hacemos de las malas. Que no envecejemos tanto porque nos caigan años encima, sino cuando dejamos que nos aplaste el dolor. Que alguien como tú puede tener un mal año, pero que la cosecha no se pierde: lo he visto en los ojos de Berta, en los insomnios enamorados de Susana, en un asiento vacío de la redacción.
Y sin embargo...
Y sin embargo, el otro día, a punto de acabar este mierdaño, te vi sonreír como nunca, que es lo mismo que decir que te vi sonreír como siempre. Después de tu ictus del 17 de diciembre de 2022, y de tu depresión insondable, y de tus diez kilos perdidos, y de cien mensajes sin contestar, allí estaba, como un milagro asturiano, tu sonrisa dinamitera.
Sé que estás de vuelta porque me lo han dicho esos ojos que hicieron regresar a tantos. Sé que queda muchísimo partido porque lo estás jugando con el brazalete de capitán, y en tu equipo una multitud. Sé que hay mañanas en que te cuesta levantarte, pero este año toca ascender.
Te veo escanciando sidra y me río yo de la remontada del Oviedo contra el Elche del otro día.
No se me ocurre mejor motivo para regresar a escribir una columna en el periódico que tú. Ni mejor niño dios al que rezarle estos 3.000 caracteres. Ni otra forma de homenajear a esa persona que al tercer día resucitó, y al cuarto, y al vigésimo cuarto, y ayer, y hoy, y mañana.
Feliz Rafael José, amigo.
Y próspero Álvarez nuevo.
