OPINIÓN
Tribuna

El catolicismo importa más que en 1980

Hay menos vocaciones y menor implicación eclesial, pero definirse como católico en una encuesta tiene hoy más capacidad explicativa sobre el voto que hace medio siglo. Y ese es el dato políticamente relevante

El catolicismo importa más que en 1980
LUIS PAREJO
Actualizado

Desde que España entró en la neurosis política en la que seguimos instalados, me gusta animar cenas y eventos con la siguiente afirmación: el catolicismo es hoy más importante para entender la política que lo que era en 1980. No deja a nadie indiferente. Los católicos -que, como veremos, también tienden a ser políticamente conservadores- lo interpretan como una confirmación del mundo y del tiempo en el que viven. Los no católicos -mayoritariamente progresistas- lo consideran una exageración: ¿cómo va a ser la religión más relevante ahora, después de décadas de intensa secularización y pérdida de influencia social de la Iglesia? Ambos tienen, en parte, razón. Y precisamente por eso la frase necesita una aclaración. Es lo que me propongo en esta tribuna: explicar el sentido -paradójico, pero real- en el que el catolicismo ha vuelto a ser central para entender la política española.

En 1980, el 55% de los católicos votaba a partidos conservadores (UCD y AP). Esa proporción cayó durante las décadas siguientes y en 2001 estaba ya por debajo del 50% entre quienes optaban por la derecha (PP). En la actualidad, en cambio, según datos del CIS, el 64% de los católicos -casi dos de cada tres- vota a la derecha (PP y Vox). Durante bastante tiempo, la caída paulatina del peso social del catolicismo vino acompañada de una menor vinculación entre identidad religiosa y comportamiento político. Pero en la primera década del siglo XXI esa tendencia se revirtió y el alineamiento volvió a intensificarse.

Lo mismo ocurre entre los no creyentes. En 1980, el 70% votaba a la izquierda (PSOE y PCE); esa proporción descendió hasta el 63% en 2001 (PSOE e IU), pero ha vuelto a situarse cerca del 70% en la actualidad (PSOE y Sumar/Podemos). Si ampliamos la mirada a los últimos 50 años, el resultado es paradójico: el porcentaje de católicos ha pasado de superar el 80% en la Transición a quedarse en poco más de la mitad hoy. Sin embargo, pueden distinguirse dos fases muy claras: una primera en la que se produjo un desacoplamiento entre ser católico y votar a la derecha; y una segunda, ya en este siglo, en la que esa asociación vuelve a intensificarse y adquiere mayor nitidez ideológica.

Conviene responder a la primera objeción habitual a mi argumento. Se me dice que ser católico hoy no significa lo mismo que en 1980: que entonces la identidad estaba mucho más vinculada a la práctica y que ahora es, en gran medida, nominal o cultural. Pero los datos no muestran una ruptura tan radical. En 1980, el 23% de los católicos acudía a misa casi todos los domingos y algo más de la mitad lo hacía varias veces al año. Hoy asiste regularmente en torno al 19%, mientras que aproximadamente la mitad declara no hacerlo casi nunca. La práctica ha descendido, sí, pero no hasta el punto de convertir la identidad en irrelevante. En cualquier caso, mi análisis se refiere a la identidad, no a la práctica. Hay menos vocaciones y menor implicación eclesial, pero definirse como católico en una encuesta tiene hoy más capacidad explicativa sobre el voto que hace medio siglo. Y ese es el dato políticamente relevante.

Si entendemos la religiosidad como identidad, España era ya en 1980 uno de los países europeos donde la relación entre identidad religiosa y voto era más intensa, y -lo que resulta más significativo- sigue siéndolo hoy. Los datos de la Encuesta Europea de Valores y de la Encuesta Social Europea muestran que a comienzos de los años 80 esa asociación era elevada en España, pero también en países como Francia o Dinamarca. En la mayoría de ellos fue debilitándose con el tiempo, a medida que la secularización avanzaba y los sistemas de partidos se reconfiguraban. En España ocurrió algo distinto: tras una primera fase de desacoplamiento, en las dos últimas décadas la vinculación entre religiosidad e intención de voto se ha reforzado.

Hoy, entre los grandes países de la Unión Europea, solo Polonia presenta un nivel comparable de asociación entre identidad religiosa y voto. En el centro de Europa esa conexión se ha vuelto marginal. En otras latitudes -Israel, Turquía o algunos países balcánicos como Croacia- la intensidad es similar. España no converge con Francia o Alemania; converge con sociedades donde la identidad religiosa sigue estructurando el conflicto político de manera visible.

Para entender mejor este proceso, el caso más iluminador es Estados Unidos. Allí, numerosos estudios han mostrado que la polarización política está estrechamente ligada al creciente alineamiento entre religión y voto. Hace 50 años, los católicos tendían a votar algo más demócrata y los protestantes, algo más republicano. Con el tiempo, esa diferencia entre católicos prácticamente desapareció, pero se intensificó el sesgo republicano entre los protestantes, especialmente entre los evangélicos. Según datos del Pew Research Center, si observamos a los cristianos en su conjunto, la brecha entre demócratas y republicanos ronda los 13 puntos: una división real, pero no extrema. Para encontrar una fractura intensa hay que fijarse en los evangélicos, donde la diferencia supera los 40 puntos. Lo relevante es que el catolicismo español se comporta hoy, electoralmente, de forma más cercana a los evangélicos estadounidenses -uno de los grupos más polarizados de su sistema político- que al conjunto del cristianismo en Estados Unidos.

El caso estadounidense también ayuda a interpretar lo que ocurre aquí. Allí no solo aumentó la polarización ideológica, sino que se produjo una superposición progresiva de identidades: política, religiosa, cultural e incluso sexual -los no heterosexuales son más propensos a votar progresista-. Las fronteras entre unas y otras se alinearon hasta hacerse casi coincidentes. En España está sucediendo algo parecido.

En muchas cuestiones con un trasfondo moral -desde la inmigración hasta el feminismo o el aborto-, las divisiones entre votantes de izquierda y derecha alcanzan diferencias de alrededor de 50 puntos en el grado de apoyo a estas políticas. Es la distancia entre un apoyo masivo y una oposición también masiva, entre visiones del país difícilmente reconciliables. La religión importa políticamente no solo por la fe, sino porque predice posiciones en estas cuestiones culturales y morales. Y es ahí donde hoy se concentra la polarización.

Las identidades en la España actual vienen en paquetes. Si votas a la derecha, es más probable que te declares católico, defiendas mayores restricciones migratorias, quieras que el aborto esté más regulado, priorices el crecimiento económico sobre la transición climática, consideres que el feminismo ha ido demasiado lejos o reclames más inversión en defensa. Si votas a la izquierda, lo habitual es que sostengas la posición contraria en la mayoría de estos asuntos, además de que apuestes por una mayor intervención del Estado en la economía, por ejemplo, mediante la limitación del precio de los alquileres. Hay excepciones, por supuesto. Pero cuando se observa el comportamiento medio, la división en bloques aparece con nitidez. Cuando las identidades se alinean de este modo, pasar de un bloque ideológico a otro implica, en parte, cambiar de comunidad política y cultural.

Hacer política en una sociedad ideológica y culturalmente polarizada es mucho más difícil. El recurso fácil a apelar al consenso apenas funciona cuando quedan tan pocos asuntos compartidos. Pero eso no significa que la cooperación sea imposible. Esa fue, precisamente, la lección de la Transición. Entonces las diferencias eran profundas y visibles, incluso más dramáticas que las actuales (de una forma incluso más dramática que ahora). Durante décadas nos convencimos de que la democracia consistía en desplazarse hacia el centro hasta difuminar las posiciones ideológicas. Fue, probablemente, una excepción histórica más que la norma. Esa etapa ha terminado y conviene asumirlo. Vamos a necesitar una nueva transición: no un cambio de régimen, sino un período de reconocimiento explícito de nuestras diferencias, una transición de la democracia a la democracia: aprender a convivir con diferencias más visibles y menos negociables.

Luis Miller es sociólogo y científico del CSIC y autor de Polarizados. La política que nos divide (Deusto, 2023)