OPINIÓN
Misantropías

La gran estafa meridional

Los fondos covid son ya la enésima oportunidad perdida de un reformismo que no tiene quien le llore

La gran estafa meridional
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Ha dicho Pedro Sánchez que se encuentra a gusto sin presupuestos, clásico instantáneo de la democracia sentimental: si a él no le causa malestar alguno la falta de cuentas públicas, el deber constitucional de presentarlos se entiende suspendido de inmediato. Y eso que el artículo 134 no es ningún capricho: disponer de la confianza parlamentaria es condición sine qua non del gobierno representativo en las democracias liberales. Pero eso a Sánchez eso le deja frío, hasta el punto de que podría evocar a Lenin: ¿Presupuestos, para qué?

Si el madrileño se siente a gusto es también porque lleva años disponiendo a su antojo de los fondos que la Unión Europea aceptó dar a los países con mayor riesgo de salir malparados de la pandemia. Cuando Sánchez difundió aquel vídeo en el que se lo veía llegar entre aplausos a la Moncloa, concluidas ya las negociaciones con sus colegas norteños, sabía cuán importante era el acuerdo para su proyecto político. Si la UE liderada por Merkel había apostado por la austeridad durante la crisis financiera, esta vez los países protestantes cedían ante los lamentos meridionales. Ya saben: las ayudas habían de servir para modernizar el tejido productivo de los sospechosos habituales; Bruselas vigilaría de cerca el cumplimiento de los hitos reformistas pactados con sus gobiernos. O eso se dijo.

Tal como podía esperar cualquier persona familiarizada con la forma de ejercer el poder que distingue a este Gobierno, a lo que han de sumarse las inercias históricas de la sociedad española, nada de eso ha sucedido. Gracias a un decreto que Vox apoyó en su día, el ejecutivo ha dispuesto de esos jugosos fondos con una opacidad inestimable: además de financiar proyectos sobre los que recae la sospecha del clientelismo, se los ha utilizado para pagar gasto corriente (también en las comunidades autónomas) y nutrir una inversión pública que no parece haber tenido un impacto modernizador digno de tal nombre.

Por supuesto, los fondos ayudan a explicar -junto a la inmigración- el aumento del PIB. Pero no se trataba de eso: en un país empobrecido -contemplen el mapa de rentas que acaba de publicar el INE- donde nos creemos ricos solo porque la vivienda se vende muy cara, los fondos covid son ya la enésima oportunidad perdida de un reformismo que no tiene quien le llore. Se acaban en agosto de 2026: no descarten un adelanto electoral motivado, al menos en parte, por el fin del maná europeo. Y mejor no preguntemos a los holandeses si están contentos.