OPINIÓN
Misantropías

Programa para un viejo país ineficiente

El gobierno ha querido ceder el control migratorio a Cataluña pese a que se lo exige un partido de inclinaciones xenófobas.

Diego Rubio, jefe de gabinete de Pedro Sánchez, en Nueva York.
Diego Rubio, jefe de gabinete de Pedro Sánchez, en Nueva York.EFE / EPA
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La democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás; lástima que sus protagonistas parezcan empeñados a veces en demostrar justamente lo contrario. Así sucede cuando los gestores públicos no solo hacen mal las cosas, sino que además se niegan en redondo a admitirlo; véase el caso de la Ministra de Igualdad y las pulseras antimaltrato. En estos casos, nada mejor que tirar de retórica; la lucha cósmica contra el patriarcado sirve para eludir responsabilidades terrenales. Se trata de uno de los efectos más dañinos del partidismo negativo: los votantes dejan de exigir rendición de cuentas a unos gobernantes que les toman la medida e inundan la esfera pública de morralla ideológica. Y cuanto peor informados están los ciudadanos, más fácil resulta engañarlos. Mal asunto: esta semana supimos que solo uno de cada ocho españoles tiene idea de cómo se financian las pensiones. De ahí, para abajo.

Es así natural que el vínculo entre lo que se dice y lo que se haga cada vez resulta más tenue: relato mata dato. No sabemos cuántas veces ha dicho Sánchez que estamos ante la legislatura de la vivienda, sin que las viviendas aparezcan por ninguna parte; bien hubiera podido admitir que estamos ante la legislatura de los separatistas. De hecho, su Jefe de Gabinete ha dicho en Nueva York que es partidario de abrir las puertas a la inmigración y ha incurrido con ello en una flagrante contradicción: el gobierno ha querido ceder el control migratorio a Cataluña -que eso sea dudosamente constitucional parece dar igual- pese a que se lo exige un partido de inclinaciones xenófobas.

Bien podemos hablar de una rutinización de la ineficacia: de los trenes que se retrasan a la persistencia del absentismo laboral, el estancamiento de la productividad o la proliferación de apartamentos turísticos ilegales. ¡Y aun hay quien cree que con tales mimbres puede someterse a control la inmigración irregular! Delirios de omnipotencia: nuestra administración escribe torcido en renglones rectos. Sin embargo, he ahí una oportunidad para el principal partido de la oposición; en la era de la Inteligencia Artificial y el populismo de los descontentos, ¿por qué no proponer que España funcione? Hagamos una revolución de la eficacia; o, al menos, queramos hacerla. Por increíble que parezca, tal vez no haya un público dispuesto a escuchar semejante oferta. Pero cualquier emprendedor sabe que un buen producto es capaz de abrir nuevos mercados: solo hace falta saber venderlo.