EEUU es el país de mayor poderío científico del planeta: en sus universidades y otros centros de investigación se desarrollan proyectos pioneros que han realizado muchas de las mayores aportaciones en la historia de la ciencia. Investigadores y estudiantes de gran talento, procedentes de todo el mundo, llevan muchos años acudiendo a tales instituciones atraídos por la abundancia de los medios materiales y la búsqueda de la excelencia. Estas instituciones son las mayores fábricas de conocimiento del mundo.
Pero, ahora, una devastadora ola anticientífica barre EEUU y sume a sus investigadores y estudiantes en un profundo pesimismo. Los recortes anunciados son enormes. El pasado mes de abril se propuso el recorte de más de 400 subvenciones a proyectos en la NSF (Fundación Nacional para la Ciencia) y se comenzó a solicitar al Congreso una reducción del 50 % al presupuesto de 9.000 millones de dólares de esta agencia financiadora.
Los presupuestos del NIH (Instituto Nacional de Salud) y de los CDC (Centros para el Control y Prevención de Enfermedades) han sido recortados o congelados. Se ha despedido a miles de investigadores o se les ha disminuido su financiación.
El presupuesto de la NASA (Agencia Espacial de EEUU) también se va a ver muy afectado. El 2 de mayo la Administración federal anunció que la financiación de NASA se intentará recortar casi por un 25 % (de 24.800 millones de dólares en 2025 pasará a 18.800 millones en 2026) y los recursos humanos se reducirían en casi un tercio. Tras corregir por la inflación, esta sería la financiación más baja de NASA desde 1961. Y para 2027 se anuncia un recorte adicional de otros 3.900 millones. Acumulados, estos recortes supondrían un 40% del presupuesto inicial.
Obviamente los recortes en NASA se traducirán de manera inmediata en la cancelación de algunas misiones científicas de gran éxito y que requirieron largos años de desarrollo. Por ejemplo, se cancelaría la misión New Horizons que envió aquellas imágenes excelentes de Plutón y que ahora sigue explorando el sistema solar exterior. Parecida suerte correría la sonda Juno, que está orbitando a Júpiter y enviando datos del mayor interés desde 2016.
El proyecto de Retorno de Muestras de Marte, que se realiza en una intensa competición con China y que ya ha conseguido colectar las muestras gracias al vehículo todoterreno Perseverance, y el explorador Rosalind Franklin, que se está desarrollando en cooperación con Europa para buscar vida en el planeta rojo (previsto para 2028), son dos ejemplos de los 41 proyectos científicos (un tercio de los del programa de NASA) que serían cancelados, según la Planetary Society.
El programa Artemis de regreso a la Luna también se encuentra en serio peligro: tanto la estación espacial Gateway (en órbita lunar) como el desarrollo de la ambiciosa cápsula Orión se verían cancelados. De la plantilla actual de 17.391 empleados de NASA, tan solo se conservarían 11.853 y se eliminarían oficinas de transferencia tecnológica.
Recortes, redefinición de objetivos, depuración de páginas web, etc. Son varias las agencias estadounidenses (además de NSF y NASA: NOAA -la agencia para el estudio del océano y la atmósfera- y el USGS -el servicio geológico-, entre otras) que denuncian ser el blanco de la vigilancia política.
La disputa del Gobierno federal con la Universidad de Harvard, la más antigua de EEUU y posiblemente la más prestigiosa y mejor dotada del mundo, merece un capítulo aparte. El Gobierno revocó la certificación del programa de estudiantes y visitantes de intercambio, afirmando que esto era una advertencia para todas las universidades e instituciones académicas de todo el país. Harvard calificó la medida de ilegal, se comprometió a mantener su capacidad de atraer a estudiantes e investigadores que proceden de 140 países y presentó una demanda contra esta medida. Afortunadamente, la Justicia ha emitido una orden para bloquear la decisión gubernamental, que podría haber llegado a afectar a miles de estudiantes extranjeros, pues unos 7.000 estudiantes internacionales, el 27 % del alumnado, estaban matriculados en Harvard en el curso pasado. Esta orden judicial alienta la esperanza de que las instituciones puedan acabar resistiendo los envites brutales del Gobierno federal.
Pero la batalla no acaba aquí: el Gobierno amenazó con congelar sus subvenciones mil millonarias a Harvard y con revocar sus beneficios fiscales. Una disputa que no está restringida a esta universidad, pues la reducción de visados para estudiantes internacionales se impone por todo EEUU, lo que está creando una gran confusión y numerosas demandas.
No es extraño que la moral de los investigadores estadounidenses se encuentre bajo mínimos. Esto se manifestó de manera reiterada en los discursos pronunciados, hace unas semanas en Bilbao, por los ganadores de los premios Fronteras del Conocimiento (otorgados por la Fundación BBVA y el CSIC). En el acto de entrega de premios, uno de los mayores eventos científicos a nivel internacional, y en declaraciones realizadas alrededor del evento, escuchamos a algunos de los científicos más prestigiosos del mundo expresarse con pesimismo, y no solo por los recortes anunciados, sino por la posibilidad de que algunas partidas presupuestarias se dediquen a cuestiones pseudocientíficas.
Por ejemplo, Dolores Albarracín (Universidad de Pensilvania) relató que un proyecto para investigar cómo convencer a la población del beneficio de las vacunas podría ser sustituido por otro para investigar la supuesta relación entre vacunas y autismo (relación ya descartada por la ciencia). El endocrinólogo Daniel Drucker (de la Universidad de Toronto, Canadá), uno de los padres de medicamentos de la familia del Ozempic, alerta sobre el riesgo de retroceso en la salud pública.
El filósofo Philip Kitcher, reconocido por ser uno de los mayores intelectuales humanistas, catedrático emérito de la Universidad de Columbia, va más allá de recortes presupuestarios cuando alerta de que "cualquier compromiso con la ética en la política, expresado en la elaboración de medidas para promover el bien común, parece haberse erosionado… Los líderes inculcan una actitud de estrecho interés propio, en la que todos deben intentar competir en un mundo de perro come perro. Una de las versiones más crudas y grotescas de esta tendencia se encuentra en mi país de adopción, EEUU".
A fecha de hoy, no está nada claro cuántas de estas propuestas de la Casa Blanca se harán realidad, pues muchas deben ser aprobadas aún por el Congreso y todos confiamos en que las instituciones políticas y científicas sean suficientemente robustas como para resistir estos ataques.
A mi manera de ver, las consecuencias de todas estas medidas del Gobierno federal de EEUU pueden ser catastróficas para la ciencia de ese país, pues la investigación científica es una actividad que no puede pararse, hay que alimentarla continuamente tanto con talento humano como con recursos financieros. Es difícil estimar cuántos años se requerirían para recuperar el ecosistema científico y tecnológico de un parón como el que supondría implementar todas las amenazas procedentes de la Casa Blanca. Particularmente preocupante es el desarrollo de la inteligencia artificial, pues, debido a las injerencias políticas, podría quedar en manos de unos cuantos acaudalados amigos de la presidencia.
Ante esta situación, según un sondeo de la revista Nature, el 75% de los investigadores que trabajan en instituciones estadounidenses ya han manifestado su disponibilidad para ir a trabajar a otros países que realmente aprecien los valores de la ciencia y su independencia. Así pues, esta ola anticientífica que asola EEUU podría conllevar una oportunidad para espacios como el europeo, donde estamos necesitados de más recursos (tanto de investigadores como financieros) para participar en la carrera científico-tecnológica que, en los últimos tiempos, parecía librarse exclusivamente entre EEUU y China.
De hecho, la presidenta de la Comisión Europea, en un discurso pronunciado en la Sorbona a principios de mayo, anunció el lanzamiento de un programa denominado Choose Europe (Elige Europa) que, dotado con 500 millones de euros para el periodo 2025-2027, tratará de atraer a investigadores que quieran marcharse de EEUU. Si lo comparamos con los recortes anunciados por la Casa Blanca, es poco dinero, pero sin duda es una iniciativa interesante que podría desencadenar un efecto dominó en el que Europa se beneficiaría del "gigantesco error de cálculo" (en palabras de von der Leyen) que está cometiendo EEUU.
Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y autor de El universo improbable

