OPINIÓN
Los 40 y tantos golpes

Carta de amor a la embajadora de España en Suiza por Clara Campoamor

Esta mujer representa a la España del sentido común, la que se opuso tanto al golpe militar como a las checas. Hoy es una 'ilustre criogenizada' que los tuiteros de la diarrea nacional llamarían equidistante. Merece que se la recuerde en el lugar donde murió aprovechando este año de tanta pompa memorialística

Clara Campoamor
Clara CampoamorEFE
PREMIUM
Actualizado

Estimada embajadora del Reino de España en Suiza:

Me pongo en contacto con usted porque uno no es muy muy ducho lidiando con la burocracia ni con los ministerios del recuerdo, la amnesia y la conmemoración, cualidad que confío que por su cargo sí domine. Reclamo su atención para hablarle de una de nuestras ilustres ciudadanas fallecida en Lausana, ciudad de su competencia. Vivió allí sus últimos años sobreviviendo en un bufete local hasta que se quedó ciega. Quiso ser enterrada en España, si bien el régimen franquista no lo permitió, así que sus allegados la incineraron y llevaron clandestinamente sus restos a un cementerio de San Sebastián.

No le pido honras fúnebres más de medio siglo después del deceso, ni tan siquiera que un poeta le eche unos versos un día de lluvia, tan sólo una modesta placa, risueña e inmune a la humedad, para recordarla donde murió. Aquí a pesar de algún reconocimiento -tiene una estación de tren con su nombre- pertenece a esa raza de ilustres criogenizados de la España liberal a los que ningún bando defiende con convicción y mucho menos lee.

Esta señora fue la principal culpable de que usted pueda votar, la primera abogada que defendió un caso en el Tribunal Supremo y la primera de las españolas en pronunciarse en la Sociedad de Naciones, fracasado antecedente de la ONU.

Se llamaba Clara Campoamor.

Impulsó el voto de las mujeres cuando se lo negaban sus propios compañeros del Partido Radical y los socialistas, que la insultaron sin pudor por pelearlo ya que consideraban que las señoras votarían en masa lo que les dijera el marido o el cura desde el púlpito, lo que es conocer poco a las señoras. Incluso Victoria Kent, pionera con ella en la política nacional de la Segunda República, la atacó por ello con ferocidad indeseable. Pero a Campoamor le importaban más los resultados que los medios, así que pactó la llegada del sufragio femenino con gran parte de la derecha -a pesar del rechazo de Calvo Sotelo-, ERC y los diputados más progresistas de aquel convulso Congreso.

Campoamor representa a la España del sentido común, aquella olvidada y que muchos creen que nunca existió, que quería vivir en un país libre y democrático y que se opuso tanto al golpe militar como a las checas, lo que provocó el odio contra ella de falangistas y comunistas. Hoy los tuiteros de la diarrea nacional la llamarían equidistante. Era esa «tercera España» que describe Andrés Trapiello en su artículo del pasado viernes en este diario al plantear sus justificados temores a un nuevo olvido de Chaves Nogales y otras figuras, como la propia Campoamor, en este año de tanta pompa memorialística.

Esta columna epistolar dirigida a usted se debe a un buen amigo, médico jubilado que tiene una hija viviendo en Lausana y que pide que se recuerde a Campoamor por lo que fue, no por lo que pretenden que sea. Por eso quiero darle alguna pista, más bien coordenada, por si esta mañana decide hacer alguna gestión con el Ministerio y el Ayuntamiento de esta ciudad para la placa que merece: Campoamor vivió en el número 2 de la avenida Evian, en casa de una buena amiga que la acogió.

Quedo a la espera de su respuesta.

Atentamente.