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Quizá, mirando la imagen que acompaña este artículo, no conozcan a Fernando y Rufino Grande (Madrid, 1979-1977) pero seguramente sí que conozcan las pizzas que llevan 25 años amasando y que se han convertido en todo un referente en la capital. Ellos, hermanos y vecinos del barrio de Prosperidad, son los creadores de Allô Pizza, una empresa de pizzas a domicilio que a día de hoy sigue conquistando paladares alejada del concepto de fast-food.
La historia de este negocio comenzó en el año 2000, después de que ambos terminasen sus estudios en el Ramiro de Maeztu, e iniciasen las licenciaturas de Derecho y Turismo. Junto con un tío suyo -que aportó la receta de la masa original- decidieron poner en marcha esta empresa familiar, que actualmente cuenta con cinco establecimientos en la ciudad y, además, se halla en pleno proceso de expansión para franquiciados.
Aunque en su trayectoria no todo ha sido miel sobre hojuelas. Los primeros tres o cuatro años fueron duros. «Pasábamos el tiempo aburridos. Todo el día mirando el teléfono. Y he llegado a hacer absolutamente de todo (coger el teléfono, cocinar y repartir un pedido) porque es la única manera de sacar adelante un negocio», recuerda Fernando. Pero el boca a boca hizo que el negocio despegara. «A partir de 2004, no había nadie en todo Chamartín que no conociera Allô Pizza», comenta. «La gente flipaba cuando le llegaba una pizza de 'restaurante caro' a la puerta de su casa», añade el empresario.
El primer local estaba en la calle Doctor Fleming, 44. Contaba con tan solo 35 metros cuadrados pero tenía algo diferencial: un horno de piedra. «Las grandes cadenas utilizan hornos de producción masiva, donde tú metes una pizza en un túnel de calor, sobre una cinta metálica que, en tres minutos, procura un producto cocinado. Los nuestros son hornos clásicos. En vez de cocinar la pizza en tres minutos, tarda 10 o 12. El calor es suministrado mucho más despacito, la cocción es más lenta, pero le da ese toque de calidad. Es como un guiso hecho con olla exprés o puesto a cocinar varias horas. Eso limita nuestro potencial de venta, pero incrementa la calidad», explica el empresario antes de detallar que sus locales «no desprenden el típico olor a fast-food, huelen a obrador, a panadería antigua».
Un negocio de amigos
Convertida en una pizzería de referencia en el barrio de Chamartín, una década después decidieron expandir la marca. Y eso fue viable gracias a que Allô Pizza siempre ha sido gestionado por amigos, la mayoría antiguos alumnos del Ramiro de Maeztu, gente «inteligente, responsable y comprometida» -dice Fernando-, que, tras formarse, se han ido conviertiendo en los mánager de los nuevos locales.
«Yo no entiendo un negocio sin amigos», indica. Para él trabajar con ellos es una forma de fidelizar a los empleados, algo que no se puede lograr a golpe de talonario (como ocurre en el caso de las grandes multinacionales).
Poco a poco, Allô Pizza se ido expandiendo hasta contar hoy con cinco establecimientos en Madrid capital. En ese crecimiento como empresa, la pandemia del Covid también fue fundamental, ya que el Estado consideró los servicios de comida a domicilio negocios de primera necesidad. Eso aumentó sus ventas, aunque también tuvieron que enfrentarse a una mayor competencia.
Este año, los chicos de Allô Pizza se han lanzado a una nueva y diferente expansión, y han tomado las riendas del clásico bar americano Marcial (calle de Pedro Muguruza, 8). «Marcial era el antiguo dueño. Y muy buen cliente nuestro. Cuando me dijo que iba a jubilarse, no podía permitir que un bar así cayese en manos de cualquiera y fuese reformado. Se ha convertido en nuestro punto de encuentro y patio de recreo», indica Fernando sobre este lugar, un local más donde hoy también se pueden encontrar sus codiciadas pizzas.
