El método era sencillo, pero eficaz. Ella seleccionaba a la víctima -siempre personas mayores que acudían a un cajero-, memorizaba el PIN mientras lo tecleaban, seguía a su objetivo con discreción hasta el portal de casa y le sustraía la tarjeta. Él, su pareja, esperaba al volante, vigilaba los alrededores en busca de presencia policial y, en cuanto ella conseguía el botín, la trasladaba rápidamente a otra sucursal alejada para vaciar la cuenta antes de que la víctima se diera cuenta de lo que había sucedido. Un engranaje calculado y frío que se materializó hasta en nueve ocasiones.
Pero la Policía Nacional ha puesto fin a las fechorías de este dúo en Móstoles, mientras intentaban perpetrar otro de sus atracos. En esta ocasión, habían llegado a sustraer la tarjeta de su víctima y ya estaban intentando reintegrarse casi 6.000 euros a sus propias cuentas. El afectado, sin embargo, se percató a tiempo del robo, bloqueó las tarjetas y frustró el golpe. A ella la pusieron las esposas junto a un cajero; él fue arrestado unos metros más allá, esperando en el vehículo.
La investigación había arrancado el pasado mes de diciembre, cuando los agentes tuvieron conocimiento de varios delitos de estafa con el mismo patrón: retiradas de dinero en cajeros utilizando el PIN de tarjetas previamente robadas a sus titulares. Conforme avanzaron las pesquisas, el número de hechos similares fue creciendo hasta sumar ocho casos documentados: cinco en Parla, dos en el distrito de Usera-Villaverde y uno en Moratalaz.
En todos ellos, el papel protagonista lo desempeñaba ella. Se apostaba estratégicamente junto al cajero, lo suficientemente cerca para observar los números que tecleaban sus víctimas sin levantar sospechas. Para no ser identificada, recurría a una cuidada puesta en escena: ropa discreta, gorros, gafas y mascarillas que ocultaban su rostro. Durante los seguimientos, mantenía la distancia y cambiaba su aspecto sobre la marcha -soltándose o recogiendo el pelo, poniéndose o quitándose el gorro- para despistar a cualquier posible testigo.
Cuando la víctima llegaba al portal de su domicilio, ella se acercaba con alguna excusa -preguntar por una vecina, pedir indicaciones- y aprovechaba el momento para sustraerle la tarjeta al descuido. Si era descubierta, no dudaba en recurrir a la intimidación.
Su pareja, en cambio, nunca entraba en acción directamente. Su función era trasladarla en coche hasta las sucursales bancarias, dar vueltas por los alrededores para detectar presencia policial y mantenerse en contacto permanente con ella por teléfono o mensajería. Si la víctima usaba el transporte público, él la seguía para garantizar una posible huida rápida. En cuanto ella conseguía la tarjeta, la recogía y la llevaba directamente a un cajero alejado del lugar del robo para sacar el dinero antes de que saltaran las alarmas.
Un sistema que les funcionó durante semanas y que les habría reportado cerca de 10.000 euros. Ambos han sido puestos a disposición judicial con nueve delitos de estafa imputados.

