José María Sicilia es un artista que habla con tersura despistada y en la cabeza siempre lleva dos o tres proyectos chocando entre ellos. Lo mejor es que un día los pone en marcha y se parecen, exactamente, a la colisión psíquica de donde nacieron. A José María Sicilia lo conocí de la mano, ella lo guiaba a él con la mano, de Soledad Lorenzo. Pronto descubrí que aquel tipo de mirada huidiza y sonrisa a destiempo era uno de los artistas más vibrantes de aquella generación de informalistas de los años 80 que pajariteaban por las galerías y museos de Madrid (Miguel Ángel Campano, Ferrán García Sevilla, José Manuel Broto, Menchu Lamas y desde la figuración Miquel Barceló). Había mucho dinero en esa década y ellos lo supieron ganar y también sirvieron de estandarte de modernidad. Se dejaron querer en todas direcciones. Tuvieron eco de estrellas del rock porque en este país todo estaba aún por inventar: también la fama.
De todos ellos, Sicilia es el más alquimista. El de los volantazos más imprevistos. Quizá también uno de los que han hecho de la imprevisión y la complejidad una carta náutica para naufragar sin miedo. Varios de ellos marcharon a París y se quedaron allí. Pero decía que Sicilia es un sujeto tan espectacular como evanescente. Tiene algo de aparición navegando por el crepúsculo encendido y cuando echa a hablar establece la diferencia porque su conversación puede ir a mil lugares según la nostalgia, según los recuerdos le impulsen la vela mayor. Igual te habla del tsunami que devastó Fukushima (Japón) en 2011 que de unos capotes de toreo que diseñó a principios de los 2000 o de las mil aventuras que tiene previstas para desbordar los espacios de la Fundación El Instante. Sólo no hacer nada le nubla el ánimo.
José María Sicilia es un madrileño poseído por la loca suavidad del Mediterráneo en las estribaciones de Mallorca. Acumula una inocencia preternatural, pero en verdad siempre está tramando algo divertido. Cuando más imposible, mejor. Siempre anda excitado por proyectos frenéticos en medio de un disparate grandioso. Es un anarquista práctico que tiene el arte por único dios verdadero. Pinta, dibuja, graba o desarrolla ideas que igual lo impulsan a la gloria que lo llevan a la ruina.
Ahora expone en el Palacio de Liria obra de distintas épocas para dar cuerda a su interpretación de Las mil y una noches. Un despliegue irónico, gamberro, intenso, detonante, poseído por el hambre de hacer precisamente lo que quiere. Aquello que imaginó como un delirio necesario y se propuso hacerlo como sea. Porque al final es un artista como quiere ser: incalculable.

