Querido Ye:
Pensé que te habíamos perdido.
Seguías sacando música, pero ésta quedaba soterrada bajo capas y capas de noticias disparatadas. Declaraciones dementes, salidas de tono, bravatas sin sentido... Sentía que, en parte, era culpa nuestra. Hablo de los medios de comunicación. Los mismos que te empezaron a reír todas las gracias, hace ya 20 años, cuando te convertirse en la estrella más coruscante del universo del hip hop. A un genio mayúsculo se le unía una egolatría absoluta. Lo cual, en aquellos tiempos, venía bien porque estaba de moda. Risas y pulgares hacia arriba. Mientras tanto, dejabas de ser Kanye West para pretender transmutarte en Jesús y hasta en el mismísimo Dios.
Luego, la cosa dejó de hacer tanta gracia. Cambió el viento y tus provocaciones no fueron tan bien recibidas: tu inmersión en el mundo de la moda (¿Quién seguirá calzando unas yeezys?), tu campaña para presidir EEUU, tus arrimes a Trump, tu divorcio de Kim Kardashian y, la estación final, el antisemitismo. «Me gusta Hitler», «soy nazi» y otras frases de parecido jaez salieron de tu boca. Lanzaste camisetas con esvásticas y con el lema «White lives matter». Ya desconectadísimo, apenas me enteré de que en mayo del año pasado sacaste una canción titulada 'Heil Hitler'. Coño, como Jorge de Ilegales, pensé, y me puse a otra cosa.
Estaba allí, fuerísima, cuando hace unos días me pilló con la guardia baja un vídeo. Aparecías en el ruedo de La México, también conocida como La Monumental, la mayor plaza de toros del mundo. Tú solo frente a 40.000 personas mientras interpretabas 'Flashing Lights'. El dios caído que ya no canta desde el púlpito, sino desde el fondo, desde lo más bajo. Seguías aquí.
Entonces revisé una carta que mandaste al 'Wall Street Journal' unos días antes, en la que pedías disculpas por tu comportamiento reciente, que achacabas a un trastorno bipolar y al accidente de automóvil que sufriste en 2002, al principio de tu carrera, del que saliste con la mandíbula rota y conmoción cerebral. «Te sientes poderoso, seguro, imparable», relatabas. «Perdí el contacto con la realidad. Dije e hice cosas de las que me arrepiento profundamente. Traté a algunas de las personas que más quiero de la peor manera. Soportasteis el miedo, la confusión, la humillación y el agotamiento de intentar tener a alguien que, a veces, era irreconocible. Mirando hacia atrás, me desvinculé de mi verdadero yo».
Leí entonces que, aparte del concierto que darás en un aeropuerto italiano abandonado en julio, estabas buscando un lugar para actuar en España. Bueno, la plaza de Las Ventas es la mitad que La México, pero también se te puede hacer un hueco en, yo qué sé, Cuatro Vientos o el mismísimo Barajas. Tú en medio de la pista de aterrizaje mientras 100.000 personas te escudriñan. Piénsalo. Si escoges Madrid te prometo escribir este texto para terminar de convencer a quien haga falta.

