MADRID
El cubil

Redescubriendo la Terminal 1

Van a dejar el país como la escombrera de Europa. Cuanto más viajo a Italia, más admiro a Giorgia Meloni, entre el respeto y la envidia.

Redescubriendo la Terminal 1
EL MUNDO
Actualizado

Ya quisiera Óscar Puente el funcionamiento del Metro de Madrid para su caótica red ferroviaria -de los Cercanías al AVE pasando por la larga distancia con sus trenes descatalogados-, y por eso dispara a discreción contra nuestro metribiris y la Comunidad de Madrid. El entierro de la sardina en esta España de Carnaval ha coincidido con el de la alta velocidad. El corredor de Andalucía provoca, ahora mismo, inseguridad y miedo -un minuto de silencio al pasar por Adamuz-, y el maltrecho estado de la A-4 no infunde mucha más tranquilidad para emprender el trayecto por carretera. Viajar a Sevilla es una aventura. Queda el avión como último recurso, la peor opción para este Gobierno incapaz y medioambientalista.

El detestable hecho de volar ha adquirido en mi vida frecuencia de Metro. Igual me da ya la ruta aérea Madrid-Verona que el trayecto Argüelles-Hortaleza en la Línea 4. Las circunstancias han provocado el redescubrimiento de la Terminal 1 (T-1), tan vintage en su ambiente y estructura. Tiene su encanto. Todo cae a mano una vez se pasa el control, un empujoncito para alguien que odia viajar, así en general.

Desde la T-1 opera Ryanair con una puntualidad asombrosa -madera, madera- en seis vuelos precisos hasta el momento. La puntualidad compensa incluso el cobro de la maleta de cabina, ese abuso denunciado con reiteración. Michael O'Leary, el CEO de la compañía irlandesa, llamó «ministro loco comunista» al ministro español Bustinduy a propósito de esta polémica, lo que sirvió para descubrir que teníamos un ministro, efectivamente comunista, que se llama Bustinduy. Ocupa la cartera de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, pertenece al ala podemita integrada en Sumar y -como toda la izquierda- acaba de votar a favor de la imposición del burka y el niqab en nombre de la libertad religiosa (sic). Una cosita. Van a dejar el país como la escombrera de Europa. Cuanto más viajo a Italia, más admiro a Giorgia Meloni, entre el respeto y la envidia.

Cerca de los mostradores de facturación de Ryanair, en el Adolfo Suárez-Barajas, han inaugurado un escáner para el equipaje de mano, tan grande y moderno que invita a hacerse una resonancia en lugar de pasar la mochila. La ferretería de mi pierna derecha hizo saltar todas las alarmas en el penúltimo embarque en el aeropuerto veronés Valerio Catullo, que es la puerta de entrada a los Dolomitas, a Milano-Cortina, donde los juegos Olímpicos de Invierno -todavía duelen las imágenes de Lindsey Vonn- que ahora se clausuran. La ceremonia se celebra, precisamente, este fin de semana en la Arena de Verona. Allí Morante de la Puebla dejó la huella de su capote cuando diciembre se desperezaba entre un temblor de siglos.