Cuentan que Madrid posee alrededor de 60 kilómetros cuadrados entre calzadas (35) y aceras (25). Y, también, que esa cifra, traducida en kilómetros lineales, superaría los 3.500. Por poner un ejemplo práctico, sería como recorrer sobre asfalto y pavimento la distancia que separa la capital de Moscú. Pero como, entre desarrollos y soterramientos, la capital no para de crecer (más a lo ancho que a lo alto) y transformarse, puede que estos datos no tarden demasiado en quedarse obsoletos. Sin ir muy lejos, ayer recibieron el visto bueno municipal 13.500 metros cuadrados de viario que han brotado en el barrio de Guindalera, distrito de Salamanca, tras el proyecto de urbanización de Club Santiago.
En cualquier caso, esta ensalada de cifras sí permite hacerse una idea del desafío que supone tratar de mantener sin achaques ni arrugas (o con las menos posibles) todos esos miles de vasos capilares que riegan de actividad cada rincón de la ciudad.
Y para agilizar esa importante tarea y acortar la respuesta en zonas necesitadas de una posible visita al quirófano, sostenidas hasta hace no tanto por inspecciones visuales o quejas vecinales, el Ayuntamiento apuesta por beber de los encantos de la inteligencia artificial. Según ha podido saber GRAN MADRID, el Área de Obras y Equipamientos se encuentra definiendo los pliegos para un contrato de servicios de inventario del estado de los pavimentos, a lomos de la tecnología de última generación.
Desde hace tiempo, en Cibeles llevan realizando proyectos piloto para afinar la calidad de la respuesta a través de la tecnología. «El sistema aún requiere algo más de entrenamiento, pero puede ser clave para intervenir con mayor celeridad y precisión en lugares que lo requieran», detallan fuentes del Área, que trabaja en la elaboración de un nuevo servicio que impulse futuras inspecciones automatizadas. Se podría afirmar que una parte de esa misión se encuentra aún en plena pretemporada, aunque no muy lejos de que pueda empezar a jugar los primeros partidos oficiales.
Un entrenamiento específico que consiste en enseñarle a la IA a eliminar todo el ruido visual y ayudarle, por ejemplo, a diferenciar una sombra propia del paisaje de una posible grieta en la vía. O a calibrar la gravedad de una fisura en la superficie. Conseguir que el objetivo de la cámara sea capaz de hacer un cribado, diferenciando un pequeño hundimiento de un simple brote de vegetación, y un diagnóstico lo más parecido al del ojo humano. Un manantial de imágenes que procede de cámaras de teléfonos móviles ubicadas en los vehículos de inspección de pavimentos, cámaras infrarrojas para análisis de calzadas e incluso dispositivos estereoscópicos que también atienden a los espacios peatonales.
Proyecto piloto en Vallecas y Carabanchel
Además, desde hace un par de años, el Ayuntamiento se viene nutriendo también de la información que recopilan los sensores de los vehículos más modernos que circulan a diario por la capital. Los datos llegan filtrados y se convierten en material relevante para el mantenimiento de la ciudad, con inspecciones automáticas que atienden a baches y regularidad de las calzadas, adherencia en los túneles y la red metropolitana y urbana, la propia iluminación del entorno o el estado de las juntas de dilatación de las calzadas. En ocasiones, este contenido ayuda también a la hora de afrontar obras.
Pero es el caso del mantenimiento de las aceras el más novedoso. Al tener unas condiciones de circulación muy diferentes a las de las carreteras, se está experimentando con patinetes provistos de cámaras especiales para captar cualquier mínima anomalía en el firme. Este sistema para recabar información se ha usado en el proyecto piloto de Villa de Vallecas y el Consistorio lo ve con buenos ojos para velar por la integridad del empedrado.
No ha sido la única experiencia piloto realizada. La primera data de 2024 y eligió como escenario el barrio de San Isidro, en Carabanchel. Y un año más tarde, en 2025, se utilizó como probeta un área seleccionada del casco histórico de Vallecas, que cuenta con todo tipo de pavimentos, y del propio Ensanche.
«Lo más difícil es aprender a entrenar estos sistemas», insisten desde el Área de Obras y Equipamientos, donde hay quien se frota las manos ante el significativo avance que puede suponer contar con la IA como aliada para conservar esos 60 kilómetros cuadrados de calzadas y aceras sobre la piel de Madrid.



