MADRID
Ocio

El bar de los jaques abre en Madrid, inspirado en el popular templo del ajedrez de París

Alexandra Tivoly, empresaria francesa de 26 años, abandonó la banca para cumplir su sueño con Gambit Café

Alexandra Tivoly, propietaria del Gambit Café, situado en la calle del Barco.
Alexandra Tivoly, propietaria del Gambit Café, situado en la calle del Barco.JAVIER BARBANCHO
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Dicen que en el ajedrez no cabe el azar, pero no es del todo cierto. En cualquier caso, no es casualidad que una joven francesa sea la responsable del Gambit Café, que acaba de abrir sus puertas en el número 26 de la calle del Barco. Allí, todas las mesas integran un tablero de ajedrez y tienen sus correspondientes piezas, siguiendo el modelo de la Blitz Society, bar de moda en la capital francesa.

En el Gambit Café de Madrid empieza a ser una tradición añadida el torneo de los sábados (los fines de semana también abre por la mañana), competición informal que no debe intimidar a los no iniciados. También está previsto dar clases para niños y adultos, dentro de un ecosistema en el que además se venden camisetas y libros, y pronto quizás un poco de arte. En la fértil cabeza de su dueña, Alexandra Tivoly, hay un sinfín de actividades planeadas alrededor del tablero: «Me gustan las cosas sociales, reunir a la gente, que todos lo pasen bien».

La inspiración primera se remonta en el tiempo. El Café de la Régence, en París, fue un punto de encuentro imposible entre personajes históricos como Napoleón, Voltaire y Diderot, que se mezclaban por unas horas con los mejores maestros de los siglos XVIII y XIX. Alexandra Tivoly, demasiado joven para conocer un establecimiento que cerró hace más de un siglo, sí pudo visitar la Blitz Society de la mano de su padre. Los dos se enamoraron del lugar, nacido de la fiebre por el ajedrez que surgió gracias a la serie Gambito de dama y al confinamiento. Otros modelos son el café De Laurierboom, en Ámsterdam, y en Oslo es muy popular The Good Knight, un bar que conoce bien el mejor ajedrecista del mundo, el noruego Magnus Carlsen.

El sueño de Alexandra no es blanco y negro, como demuestran los tableros verdes y rojos. Durante muchos meses, ella acudía a su trabajo en el grupo Société Générale, mientras dedicaba casi todas sus horas a encontrar el local y darle forma a su proyecto. «Vine a España porque Mónaco era un poco pequeño y aburrido. En Francia hay programas para irte fuera, a través de empresas que proponen ofertas. Yo acepté la de Madrid, pero después del primer año sabía que no quería seguir mucho tiempo en el mundo financiero». Entonces le vinieron «recuerdos de su infancia», de cuando su padre la enseñaba a jugar al ajedrez y de su visita más reciente a la Blitz Society, y decidió montar algo parecido.

Cada mesa del local está preparada para una partida de ajedrez.
Cada mesa del local está preparada para una partida de ajedrez.JAVIER BARBANCHO

El salto no fue fácil: «Algunas veces, cuando llegaba cansada y preparaba el proyecto, me preguntaba qué estaba haciendo, porque no sé casi nada de ajedrez ni de montar un local. Daba mucho miedo, pero quería arriesgarme, aunque fallara, porque tenía muchas ganas y me daba aún más miedo arrepentirme luego de no haberlo intentado».

Perfilar el nombre no fue fácil: «Me decían que la gente vendría solo por los cafés, pero abrimos hasta mucho más tarde». Los viernes y sábados, en efecto, el Gambit no cierra hasta la una y el resto de días lo hace a medianoche, salvo los lunes, día de descanso. Llamarlo «bar» tampoco habría sido preciso: «Algunos padres podrían pensar que no era apropiado venir con sus hijos y no quería cerrar esa puerta».

Ambiente cosmopolita

Después de los primeros días, Tivoly ya ha comprobado que las bebidas estrella son la cerveza y los refrescos, aunque también se sirven expresos, cortados y otras opciones cafeteras, así como una pequeña variedad de cócteles. Para comer, es esencial permitir a los más jugones que puedan seguir picando sin interrumpir sus partidas; la carta incluye sandwiches, embutidos, gildas, hummus, pinchos de tortilla y platos tan apropiados como una combinación de queso feta y uvas (o aceitunas), servidos en formación ajedrezada, como si fueran las casillas claras y oscuras del tablero.

Entrar en el Gambit cuesta tres euros y luego no hay límite de tiempo ni de partidas. También hay un programa de membresía, una especie de tarifa plana para los asiduos, que incluye otros descuentos. Al café suelen acudir grupos de amigos, parejas y familias con hijos. También turistas, que se sienten como en casa, gracias al ambiente cosmopolita que facilita la vida nómada de Alexandra Tivoly, quien no duda en jugar contra ellos si no encuentran contrincante. Nacida en la ciudad olímpica de Albertville, en los Alpes, la joven vivió en China, por sus padres, en Taiwán, de Erasmus, y en España, por trabajo, después de afianzar en Montecarlo los genes empresariales de su familia. Los Tivoly fabrican brocas y herramientas industriales desde 1917, apenas unos meses antes de que cerrara el Café de la Regence, quién sabe si otra casualidad.