MADRID
El cubil

In memoriam de Pilar Vega de Anzo

Compartimos muchos años en el jurado taurino de San Isidro de Mayte Commodore, los codiciados y cotizados -y ya desaparecidos- premios Mayte, cuando en Madrid no existía este galimatías de trofeos.

Pilar González del Valle con la alcaldesa de Gijón, Carmen Moriyón
Pilar González del Valle con la alcaldesa de Gijón, Carmen Moriyón
Actualizado

Se me han acumulado los muertos en la puerta del invierno. Vivo entre el susto por la muerte de tipos jóvenes, cercanos, fugaces, lejanísimos a la edad de morirse y el dolor por personas en edad de morirse que permanecieron mucho en mi vida. ¿Y cuál es la edad de morirse?

Cierta parte del paisaje humano de Madrid desaparece. Pilar González del Valle formaba parte del cosmos de las señoras de bien de toda la vida, muy antiguo barrio Salamanca, Rastrillo de Nuevo Futuro y así, de las que sabían hacer la reverencia al Rey como Dios manda. Adeudaba unas líneas desde que se fue, en la última frontera del otoño. Nobleza obliga, en este caso la suya. Ejercía como embajadora de Asturias antes que como marquesa [de la Vega de Anzo] y, sin embargo, la llamábamos por el sitio del marquesado. Antes de todo, ejerció como apóstol de la tauromaquia. Hablé recientemente sobre su pérdida con la alcaldesa de Gijón, Carmen Moriyón, quien rendirá tributo como debe, y como siente, a la mujer que pisaba fuerte en la feria de Begoña, repartiendo sonrisas y categoría. Hacían una pareja imbatible.

Compartimos muchos años en el jurado taurino de San Isidro de Mayte Commodore, los codiciados y cotizados -y ya desaparecidos- premios Mayte, cuando en Madrid no existía este galimatías de trofeos. Discrepábamos con vehemencia y coincidíamos con la misma pasión. Recuerdo de aquellos tiempos su amistad con José Antonio Hernández Tabernilla, ganadero del hierro de Hernández Pla, cárdenos de sílex. A ella, mujer de carácter, le gustaba el toro, precisamente, con carácter. La bondad y la clase, que también le rebosaban, las prefería en el ser humano. O en el torero. Defendía a los suyos como una loba a su camada.

Su perfil queda dibujado en el burladero del Consejo de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid como parte, también, del paisaje de Las Ventas. Aportaba dignidad a un ente que no valió nunca para nada. Puede que la única vez que pronuncié una conferencia en Los de José y Juan fuera bajo su presidencia. Y puede también que lo hiciese en collera con Luis Abril, no sé.

Entre la primavera y el otoño, en verano, siempre prefirió el norte al sur, la fiesta brava de su Gijón y Bilbao. Estableció un vínculo intenso con Javier Aresti, una amistad inquebrantable. Y con su mujer, claro, Carmen Aldasoro, Carmen Aresti a fin de cuentas para todos. Carmen se ha sumado al viaje sin regreso de Pilar, y deja también huella de calidad humana, el señorío de la discreción. Javier ha perdido su cruz de guía en esta última recta. Lo siento de veras.