¿QUIÉN no ha sentido el cosquilleo al ver llegar la botella culminada con una bengala, esa antorcha de los juegos de la noche que aluden al más confuso, más despacio, más tarde? Al parecer, según las últimas evidencias, la botella fluorescente estaba incluida en la categoría de armas blandas, con capacidad de dar lugar a una muerte absurda. Allí había un magnicidio latente que no había previsto nadie: cualquier muerto en el interior de una discoteca es un rey caído.
Un poco como el salto base, el deporte que consiste en planear a cuerpo limpio las corrientes propicias, los clientes se lanzan al aire del postureo, empujados por la antorcha doméstica, a probar la vida escaparate arriesgando la de todos los convocados a beber. La ingenuidad resulta, a veces, una película protectora. Tan frágil que ya, cada bengala, esa fogata a domicilio es considerada un arma de destrucción pasiva, un peligro desternillante, una sonrisa sin dientes. Su peligrosidad le ha dado otro sabor a esas escenas tan repetidas en la aglomeración de las madrugadas. Donde hay una bengala, hay expectación, y donde hay expectación, hay gentío. ¿Quién iba a saber que la fogata contenida, encerrada entre cuatro paredes inflamables, provocaría incendios?
Pues nadie. A determinadas horas es natural bajar la guardia. Durante un tiempo se hicieron populares las muertes por selfie. No entran en la sección de suicidios, pero tampoco en la sección de los aventureros. Es un limbo sin extracto literario. La muerte por bengala pertenece a la misma condición. La combustión espontánea es la única obligación de quien sale. Arder a impulsos. Alrededor de una bengala están a punto de pasar tantas cosas que la muerte queda en la sala de espera. A veces, cuando voy por la calle Almagro, pienso en la estudiante aplastada por un árbol mientras esperaba en el paso de cebra. Y entonces siento la efervescencia de estar vivo. Contiene la misma dosis de casualidad que acabar calcinado en un bar de Suiza.
Yo qué sé. Todo es muy raro. Ahora obligarán a practicar este juego con bengalas sin lactosa, de llama halógena y crepitar mecanografiado. Exijo un poco de personalidad. Si no son potencialmente devastadoras, mejor retirarlas del mercado hasta encontrar otra salida divertida a una muerte posible.

