En 1926 Alfonso XIII inauguró la sede del Círculo de Bellas Artes que proyectó el arquitecto Antonio Palacios en la calle de Alcalá. Casi 100 años atrás Madríd tenía en la Gran Vía su skyline y en la calle de Alcalá (de Cibeles a Sol) los "nardos apoyaos en la cadera". Por dentro de este edificio han ocurrido cosas formidables para la ciudad y para nosotros. Al Círculo (en democracia) le debemos gratitud. En La Pecera se han dado tertulias y desencuentros de primerísima calidad. Una tarde podía estar Maruja Mallo y 40 años después, en la misma mesa, el filósofo Francisco Jarauta se reencontraba con Antonio Escohotado para calentar motores y nostalgias antes de subir a conversar sobre excesos y pasiones reclamados por el Festival Eñe.
En el café del Círculo podías cruzarte con Javier Marías del brazo de Agustín Díaz Yanes. Yo los vi, por eso lo digo. Y contemplar al cantautor Paco Ibáñez con los ojos achinados y el pelo cataplasma. Enrique Morente pasaba, miraba y se iba; y un poco más allá la galerista Soledad Lorenzo lanzaba besos al viento. En cualquier momento aparecía también quien fue director durante muchos años, el poeta coruñés Juan Barja, y daba una mala noticia escogida al azar mientras alguien recordaba aquel recital tántrico que dispensó en 1993 el poeta beat Allen Ginsberg.
Cuento esto para dar idea del temperamento de esta península de izquierdas con tantos amigos de derechas, porque al Círculo de Bellas Artes va todo el mundo y es uno de los espacios más exigentes y generosos de la cultura en Madrid. Ahora lo patronea un pensador joven, hegeliano, radical (en el buen sentido de la palabra bueno), certero, educadísimo y osado: Valerio Rocco. Impulsa un proyecto ambicioso y necesario que en la Comunidad de Madrid ven muy mal, como estaba previsto. Si lo verán mal que han rebajado la ayuda económica hasta la risa y tuvo que salir al rescate el Ministerio de Cultura porque el Círculo se nos estaba yendo.
Algunos ratos de vida los he pasado dentro con amigos, conocidos, amigas, con mi madre, con mi padre, solo y en la radio o leyendo poemas o escuchando música o gozando teatro o comprando libros o alucinando en alguna exposición. Dime si una sola de esas cosas no justifica que cuidemos el Círculo, y lo apoyemos, y lo entendamos como debe ser entendido: un territorio plural donde la vida a veces mejora un rato desde el acuerdo o el desacuerdo, pero siempre con más fruto por dar a quien se arrime que la piedra pómez de la podrida política. Esta gloria real de Madrid está al filo por la engañosa traición de los despachos.

