Dos muchachos de 17 años se atusan el pelo ante la ventana de nuestro vagón de metro y están tan ensimismados que no se dan cuenta de que miro guasón su coquetería. Ey, no pasa nada, chicos, sé que el pelo es el gran tema de vuestro mundo, sé que dan igual Gaza y Venezuela comparadas con vuestras dudas sobre estas matas rizadas que levitan sobre vuestras frentes. La verdad, no querría para mí ese corte que lleváis, pero quién soy yo para decir nada.

Versos para el Diana Plus

¿A qué huelo?
El otro día me vi en la foto de clase de COU, a vuestra edad, con la cabeza rapada. Me acuerdo: había ido a Valentín, el peluquero de toda la vida de mi padre (ejemplares de Interviú, caramelos de eucalipto, olor a Floyd's), y la chica que atendía a los clientes de poco estatus como yo (debía de tener 20 años, no hace falta que os explique más) probó a hacerme algo que llamaré «para atrás y a cepillo». El corte me pareció tan humillante que salí, caminé 300 metros y me di la vuelta con la urgencia de que me raparan al tres. «Vale, pero se cobra otro servicio», dijo Valentín, que no era tan majo como parecía. Qué disgusto en casa. Yo sabía que mis padres se equivocaban, que la cabeza rapada estaba a punto de perder su significado ultra. Y me veía bien: diferente pero sobrio y por fin viril. En la foto de COU tenía un gesto divertido entre las medias melenas de mis compañeros que caían como volutas de columnas jónicas. Ese era el it-pelo de la época.
Qué poco he escrito sobre el pelo, con la mucha preocupación que me ha dado el tema. Con 20 años me dejé greñas y, coherentemente, decidí lavarme la cabeza muy de vez en cuando. Con 21 años pensé que pronto estaría calvo. Con 22, mi madre me echó una jena porque me salió caspa. Con 24, me desmayé en una pelu de la calle Orense (me trajeron una coca-cola). Con 26 me volví a rapar y la chica con la que salía me dijo: ¿qué has hecho? Con 33, en una peluquería en Monte Esquinza, me pasaron una fibra óptica por el cuero cabelludo y me enseñaron una imagen que parecía Marte. «¿Ves esto? Son poros obstruidos y llevan a la alopecia». Acto seguido, me vendieron un champú de 50 euros. Ese día piqué pero cambié su servicio por el de un barbero marroquí que me decía siempre «que buen pelo, chaval» y cobraba nueve euros por corte. A los 36, fui cliente de la peluquería de una chica joven junto al Mercado de Chamartín. Ella era estupenda a su californiana manera, pero su empleada emo la criticaba a sus espaldas. Y entre los 40 y los 45, más o menos, volví a raparme, no sé muy bien por qué, no sé si para presentarme al mundo sin artificios o para expresar algo más oscuro. A los 47, un chico dominicano me dejó como si fuera Michael Corleone, que supongo que era su idea de lo que es ser un blanquito cool. Ahora no llevo el pelo tan corto. Yo también me lo atuso en el metro, chicos, reíos de mí.

