MADRID
Moncloa-Aravaca

La capilla que cambió su fatal destino gracias al empeño de sus feligreses y descansa en el ojo de uno de los puentes de la M-30: "Se inundaba cada vez que llovía y los vecinos acudían a achicar agua"

El singular templo de Santo Domingo de la Calzada, de 35 metros de largo y 12,5 de ancho, está a punto de cumplir medio siglo de una vida de constante batalla contra las humedades propias de su ubicación

Acceso principal de la Capilla de Santo Domingo de la Calzada.
Acceso principal de la Capilla de Santo Domingo de la Calzada.ÁNGEL NAVARRETE
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Apenas 500 metros separan la calle Chapinería de la camuflada Capilla de Santo Domingo de la Calzada. Marga conoce al dedillo esa ruta desde que era niña, cuando sus padres compraron su nueva casa. El puente sobre la calle de Arroyofresno, con fornidos huesos de hormigón y unos tímpanos revestidos de añejos sillares, descansaba allí desde 1961. Y en uno de sus tres ojos se alojaba sigiloso el insólito templo al que acudía todo el barrio. Era el ocaso de los años 70, en un Madrid que comenzaba a desperezarse. Con una M-30 que, por aquel lugar, no era más que un proyecto que tardaría años en cerrar su círculo. "Antes de que la M-30 (avenida de la Ilustración) pasase por encima del puente, la iglesia se solía inundar cuando llovía. Había un descampado y siempre estaba llena de goteras. Muchas veces los vecinos tenían que acudir a echar una mano para achicar agua".

La Capilla del Puente, como se la conoce popularmente, celebró su primera misa el 19 de diciembre de 1976 y fue consagrada por el cardenal Tarancón unos meses después. Con los achaques lógicos derivados de su emplazamiento, entre filtraciones, humedades y unas rigurosas tareas de conservación, el templo, que fue pensado como una construcción efímera y con fecha de caducidad (hasta que se construyese la Parroquia del Bautismo del Señor), se convirtió en un símbolo para un barrio que peleó con empeño para lograr su supervivencia. "Los que llevamos toda la vida aquí, la tenemos mucho cariño. Aunque es cierto que es un quebradero de cabeza por su mantenimiento", añade a GRAN MADRID Marga, cuyos dos hijos, camino de los 20 años, han heredado la pasión familiar por ese genuino lugar de culto. Ella es uno de los muchos ejemplos de un barrio, en la frontera del distrito de Moncloa-Aravaca con Fuencarral-El Pardo, que no se cruzó de brazos y cambió el destino de la capilla.

No hay un caso parecido en la capital. Probablemente, tampoco en España. Se trata de un espacio religioso con forma de tubo, de 35 metros de largo y 12,5 de ancho, que dibuja una bóveda de cañón de medio punto de 4,5 metros de radio. Un enclave levantado como respuesta a las necesidades de la época, sin recursos suficientes para una obra de mayor calado. Ese entorno espiritual, donde apenas hay rastro de luz natural, posee un parecido razonable a aquellas viejas catacumbas romanas que, hace siglos, fueron escenario de tantas liturgias clandestinas. Naturalmente, no es este el caso.

Interior de la capilla, tras su rehabilitación.
Interior de la capilla, tras su rehabilitación.ÁNGEL NAVARRETE

Sin embargo, el templo es capaz de hacer oídos sordos ante el rugido circulatorio de los ocho carriles de la M-30 (cuatro por sentido) que, desde 1992, descansan sobre los lomos del puente. Una estructura de 53 metros, ubicada en el punto kilométrico 25,920 y coronada por una barandilla metálica de un llamativo color azul. "Toda la estructura, tanto las bóvedas del puente como sus apoyos y los tímpanos, es nuestra. Así que, ante cualquier filtración en superficie, impermeabilizamos la estructura desde la propia calzada", sostiene Luis Benito, responsable de Estructuras de Madrid Calle 30. Allí reposa el único santuario de la M-30, que, además, lleva el nombre del patrón de los ingenieros de Caminos, Canales y Puertos e ingenieros técnicos de Obras Públicas.

Un acústica diferente

Y es que la vida de esta capilla, por sus patologías o su destino, ha corrido muchas veces peligro en el medio siglo de vida que está a punto de cumplir. "Es muy bonito que la gente se empeñara en mantenerla; una mezcla de orgullo y alegría. Los laicos siempre deben ser el gran motor de una iglesia", recuerda a este diario el párroco del templo, Javier Peño (38 años), que asumió el cargo el pasado mes de octubre. "Cuando la gente quiere, una iglesia puede salir adelante. Y esta es fruto del empeño de los feligreses", insiste este sacerdote valenciano, que cambió el periodismo por los hábitos, a propósito de este templo, por el que pasan a diario "entre 30 y 50 personas".

En 2011, la capilla, que cuenta con dos accesos (uno por la avenida de Fuentelarreyna y otro por la calle Vegafría), requirió de una cirugía a corazón abierto. Una intervención quirúrgica que fue sostenida económicamente por los propios feligreses. Las filtraciones amenazaban su existencia. Sin embargo, con esa profunda actuación quedaron solucionados los problemas estructurales de humedad, construyéndose una nueva cubierta con un sistema de drenaje que canalizaba el agua hacia varios pozos de desagüe. De paso, se le regaló al templo un aspecto moderno, más propio del siglo XXI. Así, cada mañana, a eso de las 11.00 horas, y cada tarde, a las 19.00 horas, un riachuelo diario de parroquianos riegan su corazón a diario.

Altar de la capilla de Santo Domingo de la Calzada.
Altar de la capilla de Santo Domingo de la Calzada.ÁNGEL NAVARRETEMUNDO

"Su acústica es diferente a la de una iglesia normal. Al hablar a través de un tubo, a veces puede dar la sensación de que la voz se escucha mal. Pero eso también la hace muy especial", abunda su párroco, con un puñado de nuevos planes para que la capilla aumente su actividad. Por ejemplo, que los sábados sean días para la adoración. "Es curioso que ahora sea párroco de una capilla con el nombre de uno de los peregrinos más célebres. Fue una enorme ilusión para mí", completa Javier Peño, enamorado de un Camino de Santiago que ha completado un puñado de veces, desde diferentes rincones del mapa.

Emboscada en ese ojo del puente, la capilla de Santo Domingo de la Calzada, ve pasar el tiempo. "Para la gente que no es del barrio pasa desapercibida. O sabes que está ahí o ni te das cuenta", zanja Marga, la niña que ha visto crecer y luchar por mantenerse en pie a la iglesia de sus padres, ya fallecidos. A la que hoy es la iglesia de sus hijos. A su iglesia. "Para mí siempre será la Capilla del Puente".