A través del portal de una calle de Vista Alegre se dibuja una silueta poco habitual: un cowboy espigado con un sombrero de fieltro. La puerta se abre y Micah P. Hinson (Memphis, 1981) invita a entrar. El músico estadounidense fue hace un par de décadas uno de los nombres importantes en la renovación del folk y la 'americana'. Pero tras diversos golpes de la vida, incluida una adicción a las drogas inducida por un tratamiento médico, descubrió que su sitió no estaba en Texas, donde se crio, sino en un ático de Carabanchel.
Ese viaje al Este vino motivado por la relación con su actual pareja, la artista colombiana Lina Castellanos, asentada en la capital. En Madrid, Hinson parece haber encontrado un nuevo pulso creativo, que queda reflejado en su último álbum, el reciente 'The Tomorrow Man', que presenta este jueves en la sala Clamores y el viernes en El Molino de Barcelona.
«Mi vida en este momento y este disco tienen que ver con escapar del guion que me habían dado en Estados Unidos», explica el músico en su casa madrileña. «Estaba en Texas, con casa, coche y familia, intentando cumplir el sueño americano que otros habían escrito para mí: trabajar, tener cuatro hijos, ir a la iglesia, hacer lo que se supone que hace un buen ciudadano. Y cuanto más seguía ese plan, más me hundía. Empecé a pensar en el 'mañana' como la posibilidad de salir de todo eso, de vivir de otra manera y en otro lugar».
Hinson llevaba dos décadas viniendo a España a tocar. «Siempre sentí que había una conexión especial, pero no pensaba que terminaría viviendo en Madrid, y menos en Carabanchel»,
Conoció a Lina cuando le envió a través de Facebook un retrato que le había pintado. Más tarde se vieron en persona. «Ella atravesaba un divorcio complicado y yo seguía enganchado a drogas muy potentes. Éramos dos personas tristes que se encontraron. Luego llegó la pandemia, mi matrimonio se rompió, todo se volvió muy oscuro y sentí que ya no podía seguir viviendo allí. Una universidad del País Vasco me invitó a venir a rodar un documental y el Gobierno español me dio un permiso especial. Vine, me quedé con Lina y, de repente, vi con claridad que aquí podía empezar una vida distinta».
Lo que más le gusta de su barrio es ver tanta gente de Hispanoamérica. «Me reconforta mucho, porque yo también soy un inmigrante que deja su tierra porque ya no se siente bien allí e intenta crear algo nuevo en otro lugar», explica. «La diferencia es que yo tengo la suerte de venir con una carrera hecha y de poder ganarme la vida con la música, pero aun así me siento parte de esa misma historia»
«Madrid me hace feliz», proclama. «He encontrado gente muy amable, muy generosa, y me gusta que todavía se pueda vivir en el barrio, en la calle. Viniendo de Texas, eso es casi ciencia ficción. En la ciudad donde viven mis hijos no hay ni autobuses ni metro ni tren: sólo coches y más coches. Allí no puedes ir andando a ningún sitio. Aquí puedo caminar a todas partes, coger el metro, el bus, lo que sea. Eso, para un texano, es increíble: tener movilidad sin depender de un coche». Otra cosa que le alucina de su ciudad adoptiva es que pervivan las tiendas pequeñas, la zapatería o la frutería de barrio, cuando en su tierra de origen sólo funcionan los grandes centros comerciales.
«A veces la gente se sorprende mucho cuando digo que vivo en Carabanchel. Esperan que un músico norteamericano viva en Nueva York, en Londres o en algún sitio 'cool', y cuando les digo el barrio se quedan como: '¿En serio? Vives a dos calles de mi casa'», se ríe. «Me hace gracia, porque entiendo esa reacción: cuando algo te resulta familiar, tu cerebro te dice que no puede ser especial. Pero desde fuera se ve de otra forma. Para mí, este clima seco, esta luz, incluso el carácter de la gente son muy parecidos a los del oeste de Texas donde crecí. No siento que haya venido a un lugar exótico: siento que he encontrado otra versión de casa».
Así, se aferra a detalles que, según él, marcan la diferencia de Madrid: poder cruzar la calle y tocar un árbol, ver a los niños jugando en la plaza, escuchar cinco acentos distintos en el mismo bar. «Al final, todo esto -irse de Texas, dejar atrás el sueño americano, empezar de cero en Carabanchel- tiene que ver con lo mismo que intento contar en 'The Tomorrow Man': salir de los papeles que te han escrito otros, cuestionar lo que te enseñaron sobre Dios, sobre el éxito, sobre quién eres. Buscar un lugar -una ciudad, una casa, una relación, una canción- donde puedas, por un momento, sentir que el futuro no está completamente jodido».

