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En los albores del primer milenio, lejos de la apariencia actual de la capital, la villa madrileña se encontraba rodeada de fértiles huertas donde la agricultura y la ganadería florecían en su máximo esplendor. En una de esas fincas, un labriego llamado Isidro trabajaba con ahínco en sus labores mientras su esposa, María de la Cabeza, cuidaba de su hijo primogénito.
El pequeño Iñán, que jugaba en el pasto, cayó en un pozo de más de 20 metros de profundidad conmocionando a todos los allí presentes. Ante el orificio, y la atenta mirada de su esposa, Isidro se arrodilló y rezó a la Virgen de la Almudena. Así, la historia narra como los gritos del pequeño se transformaron en una espontánea fuente de agua que no cesó hasta que ascendió su cuerpo a la superficie
Entre mito y realidad, esta leyenda revela un aspecto menos conocido de la tradición madrileña: San Isidro Labrador fue uno de los más fervientes devotos de la Virgen de la Almudena. Así lo atestiguan las obras pictóricas que se exhiben en el museo catedralicio, apoyadas en los testimonios de algunos historiadores. Se cuenta que el santo "visitaba cada día" a la Virgen. Un acto de devoción que, mil años después, sigue siendo una auténtica tradición para los madrileños.
En la mañana de un nuevo 9 de noviembre, miles de madrileños han acudido a la Santa Iglesia Catedral para vivir la misa en honor a la Virgen de la Almudena, rememorando su 'milagrosa aparición' 940 años después. Oficiada por el arzobispo de Madrid, Mons. José Cobo, participaron en la celebración litúrgica el alcalde de la ciudad de Madrid, José Luis Martínez Almeida, el delegado del Gobierno de España en Madrid, Francisco Martín, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que tuvo que ser atendida por un equipo médico tras sufrir una "leve indisposición".
Al término, un repique general de campanas proclamaba a la ciudad la salida del cortejo procesional. Ante la cruz alzada, la Agrupación Musical de Nuestro Padre Jesús ‘El Pobre’ de Madrid interpretaba marchas procesionales con un marcado carácter litúrgico. Antecediendo el trono procesional, decenas de asociaciones y hermandades alzaban sus estandartes y emblemas. Un horizonte plagado de sedas y tapices bordados, tejiendo lazos de unión entre los diferentes colectivos que conforman la Archidiócesis de Madrid.
Los anderos se aferraban a los bancos de un trono procesional cincelado en oro y plata, sobre el que se alzaba la más honda devoción de los madrileños, la Virgen de la Almudena. En la Plaza de la Villa, corazón de 'Madrid de los Austrias’, la imagen era recibida por las Casas Regionales de la capital al son de cantes y bailes regionales. A sus plantas, efímeros altares y espontáneas 'petalás' que, desde el cielo, exaltaban una devoción heredada de los más veteranos residentes.
Entre miles de miradas, la indiscreta de un pequeño. Sobre los hombros de su abuelo señalaba mil y un detalles que jamás había visto. Tambores, fanfarrias, incienso o alfombras de sal que se exhibían por los principales puntos de la capital. Una semilla de ‘espíritu madrileño’ plantada por un veterano madrileño, que promete germinar en las futuras generaciones.




