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JUGOSO, clorofílico, el gentío revolotea como abejas borrachas en el vergel recién llegado. La líder en venta de plantas ha abierto por fin en la calle principal. Donde antes hubo un negocio de textiles para el hogar, ya jubilado, ahora relucen flores technicolor y macetas de temporada. Detonan en las pupilas como el escaparate de una confitería. Es la novedad de septiembre. «Un nuevo concepto (...) Un universo de colores y sensaciones», reza la web. La comidilla del barrio. Esa nueva alumna que siempre resulta más refinada, más versada, más magnética.
Otro desembarco, aún en obras, se espera también con ansia. Esta vez se trata de un coloso deportivo. Aunque ambos pertenecen a los mismos multimillonarios, que unos metros más allá triunfan con sus tres plantas de bricolaje. Una familia francesa de bien, con herederos que quizá reciten a Baudelaire o a Verlain en sus cenas con amigos. Aquí las glándulas salivales de la cartera ya gotean. No será necesario moverse hasta Alcobendas, San Sebastián de los Reyes, Plenilunio. Ni siquiera a las tiendas de siempre. Oh, sorpresa, quizá ni existan ya.
¿Cuándo fue la última vez que las pisaste? Allí donde comprabas los ramos del día de la madre o los chándales sintéticos de los 80 que hoy son disfraz retro. Hubo un día en que aventurarse en metro hacia el consumo flamante, al sírvase usted mismo y todo a mano, fue menos complejo que reconocer el paso del tiempo en el tendero. Tú crecías, él se apolillaba. También te sucederá a ti.
«Aconseja a los clientes y clientas como si fueran tus mejores amigos», recuerda el ideario del gigante que va a aterrizar. Cuando las conversaciones con los chatbot amenazan ya con ser más profusas que las humanas. Quizá los barrios sean todavía la Amazonia por conquistar.
En este no solían durar demasiado las marcas famosas. Excepto si son hipermercados, fértiles como conejas. Pero quién puede pagar los 4.000 o 6.000 euros al mes —confesó tu antiguo peluquero— que alcanza el alquiler en esta vía. El lujo gastro, que empuja desde la frontera, avanza también ya cual habilidoso comecocos. Es la Li Li de Blossoms Shanghai, cuya flamante aparición empalidece a las ordinarias y veteranas madames del epicentro de la restauración. The economy, stupid.
Aún sigue sin propietario la papelería que antes del verano se despidió tras 38 años. Según Gema, las ventas online, los bazares, las grandes superficies y los colegios en competencia desleal fueron su puntilla. Y recuerdas a Jane Jacobs en cada paseo, que concebía el comercio local como un esencial de la vida urbana, del sentimiento de comunidad frente a la anomia social. Qué inocentes y lozanas las flores frescas.

