- Historias El misterio del pasadizo del Panecillo, la calle cerrada a los madrileños desde hace 200 años y que unos apartamentos turísticos reclaman como su "propiedad privada"
- Sociedad Aena impedirá que las personas sin hogar duerman en el aeropuerto de Barajas a partir de esta noche: "No podrán permanecer en las instalaciones"
11:57 de la mañana, Paseo del Prado. Dos familias con niños se agolpan hacia la puerta del autobús, impidiendo el desembarque de la anterior remesa de turistas que se apresuran a salir del Routemaster versión cañí con un techo medio descapotable. Junto a la puerta, un empleado de Madrid City Tour bromea: «los más guapos pueden pasar primero». La familia ríe. Los guiris se miran confundidos. Todos entran.
En el centro del autobús se sitúan las escaleras que dan acceso al piso superior. Junto a ellas, en una mesa improvisada, el empleado escanea los QRs de los móviles. «¿Cuántas paradas hay?», pregunta una señora. Primera sorpresa: «No hay paradas», responde. «¿Por qué?», insiste una madre visiblemente indignada. «Pues la verdad es que no lo sabemos muy bien», replica incómodo, sin perder la sonrisa. Demasiado tarde: todos han pagado los 25,20 euros del billete.
La empresa ha optado por la honestidad pasivo-agresiva. En la web advierte que el tour es «sin paradas ni interrupciones», aunque el autobús luce en grande: Hop on - Hop off. Traducido al castellano: «súbete y bájate cuando quieras». Es el modelo que permite a los turistas recorrer una ciudad y detenerse en las paradas más emblemáticas para explorar a pie, volver a subirse en el siguiente autobús y así continuar la ruta a su ritmo. Madrid fue durante años una de esas ciudades. Pero desde enero de 2025 ya no lo es. El Ayuntamiento prohibió las paradas intermedias para evitar que los buses turísticos bloquearan carriles bus en zonas críticas, provocando atascos y problemas de movilidad. Lo que queda ahora en los autobuses es una contradicción sobre ruedas: se publicita una libertad que ya no existe. En Madrid, Hop On - Hop Off se ha reconfigurado como móntate y aguántate.
En la parte superior del autobús, el toldillo cubre solo la parte trasera del habitáculo. Los más aventureros y las familias con críos se abalanzan sobre los asientos delanteros. El resto se refugia del sol bajo la lona. En medio del trajín, un hombre con gorro de safari estampa la frente contra el armazón metálico del techo, emitiendo un sonido seco que resuena como un tañido medieval. Nadie se ríe. El golpe inaugura simbólicamente el viaje.
Los asientos están gastados. Las clavijas de los auriculares, por las que se escucha la audioguía en distintos idiomas, son como los pimientos de Padrón: unas funcionan y otras no. Algunas petardean, otras zumban como un transformador viejo, y en otras no se escucha absolutamente nada. El autobús arranca con 29 personas a bordo, en una composición que podría ilustrar una campaña de turismo global: seis españoles con niños hiperactivos, dos portuguesas sonrientes, cinco estadounidenses entusiastas, dos ingleses con cara de perdidos y una panlatinoamericana de colombianos, venezolanos y argentinos listos para la experiencia.
A las 12:09 ya han pasado por El Retiro, la Puerta de Alcalá, el barrio de Salamanca, Colón y Cibeles. A esa altura del trayecto, un problema que se repite en todos los idiomas de la audioguía se hace evidente: a menudo, las voces describen lugares que no se ven desde el autobús. Bien porque aún faltan 300 metros para llegar, o bien porque directamente no existe una línea de visión sobre ellos, como cuando más adelante, en la calle Atocha, se habla del Museo Reina Sofía, que nunca llega a verse.
Consultado al respecto, un empleado lo explica así: «El audio se hizo cuando el autobús paraba, y antes de cada parada se contaba lo que podían ver en los alrededores... Aunque también es culpa de los inhibidores de frecuencias, que vuelven loco al GPS y los audios se cortan o saltan cuando no deben. Los peores días son los miércoles, cuando hay sesión de control en el Congreso».
Las reacciones a los avatares del recorrido son progresivas. Al principio hay fotos, sonrisas, cierto entusiasmo de turista en modo automático, con viajeros que se levantan, hacen fotos y vuelven corriendo a escuchar las explicaciones de la audioguía. A las 12:54, la energía decae. Ya nadie se levanta para hacer fotos. Muchos se quitan los cascos, y las portuguesas se abstraen mirando reels en Instagram. Madrid deja de interesar.
A las 13:06 el autobús se convierte en una guardería rodante. Niños cansados, padres con la mirada perdida, adolescentes con rictus de estar oliendo pescado podrido y expresiones que transmiten tedio, en medio de un atasco en la calle.
A las 13:18 termina el viaje. Han pasado 81 minutos. Con 27 pasajeros a bordo, la recaudación roza los 680 euros. Nadie aplaude. Nadie da las gracias. La siguiente tanda de turistas ya espera.



