Óscar López ha llegado tardísimo a Madrid. Al menos unos ocho años, como acostumbra el PSOE en la región.
A propósito de las últimas elecciones, aquellas en las que según Mónica García un 95% de los madrileños se insultó a sí mismo votando a Ayuso, escribí que la izquierda sigue abusando de la máxima revolucionaria imposible de cumplir: nada de lo que hay vale, y todo lo que vale lo hará ella. Así, llámenme Nostradamus, históricamente ha sido cosa de vagos predecir el programa electoral de la izquierda en cada llamado a las urnas: la revolución. Una revolución que, como ya se habrán dado cuenta, siempre tarda en llegar cuatro años más. Poquito a poquito el PSOE en Madrid se ha convertido en el gran fabricante de todas las oportunidades perdidas. Y no porque yo lo votase, que ya les recuerdo que no voto por convicción democrática.
Ahora Óscar López al fin trae a Madrid un ideal ajeno a la revolución: el gobierno de Sánchez, que ustedes conocerán popularmente por sanchismo. Digo al fin porque un partido necesita reconocerse, aunque sea a través de un disfraz, y el PSOE-M llevaba en bolas demasiados años. Ni se sabía quién lo había dibujado.
El sanchismo se entiende hoy como una especie de mutación degenerativa. Coincidamos en que nadie se refiere al sanchismo para deslizar qué bien gobierna el presidente. Pero me ha parecido leer a Arcadi que la lógica, el sentido común y el sentido de la justicia, en algún momento fugaz fueron también patrimonio del Gobierno Sánchez. Quizá ustedes no se acuerden. Y eso será porque tienen la peor de las memorias históricas o porque hoy el sanchismo ya no tiene fuerzas ni para inspirar una apuesta al rojo, una buena jugada de mus, apenas una brizna de nostalgia. Una ilusión. Lo único que le quedaba al sanchismo era la fe en Sánchez, y ya se está perdiendo fontanería abajo, mansa como la sangre de Psicosis se diluyó en la bañera. A estas alturas es lógico concluir que el sanchismo bueno ha dejado de existir, por lo que tampoco hay peligro alguno en elogiar ahora las viejas virtudes de aquel sanchismo.
Pero este elogio escéptico tiene su parte triste. Óscar López está lejos de representar el ideal primigenio. Sus apariciones públicas son trumpistas, performativas, alternativas. Una bomba lapa a la lógica, al sentido común y al sentido de la justicia. Sanchismo de segunda generación. Lo triste de los ideales, en fin, ya lo adelantó Camba: es triste pensar que aquí han fracasado todos los idealismos, y que no han fracasado precisamente porque ya vivamos bien.

