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El camino hacia el adoctrinamiento yihadista de las dos hermanas de 19 y 21 años detenidas en Alcorcón arrancó de la manera más mundana: como una historia de chico conoce a chica. Un amor de juventud en el que él comparte con ella su visión extremista del Islam. La relación no cuaja, pero la chica queda prendada de la ideología del Estado Islámico, tras ser introducida por su expareja, hasta el punto de que abandona su trabajo y se relaciona únicamente con personas de su religión para hacer apología de un corpus salafista que promueve el fanatismo, la violencia y el autoritarismo teocrático.
Todo esto sucede a tan solo cinco minutos de la estación de Alcorcón Central, en un barrio agradable, de pisos de nueva construcción, y en el seno de una familia que los vecinos describen como «amable, trabajadora y funcional». Un entorno aparentemente normal donde la hermana mayor arrastra a la pequeña en una vorágine de fanatismo y se lanzan juntas a difundir posturas extremistas en lo que la Policía Nacional califica de «academia yihadista».
Las jóvenes fueron arrestadas en el marco de una operación de la Comisaría General de Información, con la colaboración de la Brigada Provincial de Información de Madrid. Ambas residían con sus padres y hermanos, todos ajenos a los postulados que defendían las detenidas. Tras su arresto, el lunes, las hermanas fueron puestas a disposición del Juzgado de Instrucción número seis de Madrid. El juez decretó el ingreso en prisión provisional para la mayor y dejó en libertad a la menor, a la espera de juicio por un presunto delito de adoctrinamiento terrorista.
Según fuentes policiales, las hermanas habían creado una red de adeptos, tanto física como virtualmente, que operaba como una «academia». La mayor dedicaba hasta 12 horas diarias a esta actividad desde su teléfono móvil, «llegando incluso a ser despedida de su trabajo» por estar completamente volcada en el predicamento religioso.
Contaban con una estructura multinivel. En los escalones más bajos, que servían como vía de entrada a la radicalización, se enfocaban en «otras mujeres a las que les ofrecían aprender religión» a través de grupos de difusión en WhatsApp con cerca de mil seguidores; contaban con una asociación desde la que transmitían su mensaje.
Según ha podido comprobar GRAN MADRID, la asociación de las hermanas tenía como objetivo fomentar la umma (la comunidad musulmana) entre las residentes en la Comunidad de Madrid. Organizaban presentaciones en mezquitas mediante PowerPoint, repartían materiales didácticos y promovían tardes de juegos infantiles.
«En estos niveles su discurso era convencional, cotidiano, con consejos sobre temas del día a día como la etiqueta en el vestir, e incluso buenista, pero ya estaba impregnado de radicalidad porque mostraban como referentes intelectuales a autores como Ibn Taymiyya, Sayyid Qutb (fundador de los Hermanos Musulmanes) o a otros que justifican la yihad», explica uno de los investigadores.
Sin embargo, en los niveles de acceso más restringido y bajo perfiles aparentemente anónimos en redes sociales, el discurso cambiaba. «A medida que te acercabas a la cúspide se hablaba de la yihad, del deseo de morir como mártires, del Daesh; se hicieron fotomontajes en los que aparecían armadas con pistolas e incluso comentarios expresando sus deseos de morir cometiendo un atentado», añaden. Además, «las chicas llegaron a relacionarse virtualmente con varios detenidos por terrorismo en España», continúan las mismas fuentes. «Concretamente con un grupo de hombres arrestados en Alcobendas que llegó a aplaudir públicamente la actividad de estas hermanas». Su devoción era tal que una de ellas manifestó por escrito en un grupo que quería «hacer la yihad», que para ella «era morir como un mártir».
El compromiso con la causa también trataban de reflejarlo usando nombres como «Ghuraba», un término que alude a los «musulmanes rectos» que, iluminados, se enfrentan a una «sociedad corrupta» y están dispuestos a inmolarse.
No obstante, en su proselitismo también recurrían a la taqiyya, un concepto teológico que permite mentir para protegerse y lograr un supuesto bien mayor. «En uno de los grupos, la hermana pequeña compartió una foto elogiando a un yihadista y la mayor la abroncó».
Uno de los aspectos más llamativos del caso es que, dentro de las redes de fanatización de estas hermanas -españolas de nacimiento e hijas de padres marroquíes-, el castellano era la lengua más utilizada y fluida. Sin embargo, en los grupos restringidos y perfiles radicales enlazaban repositorios propagandísticos del Estado Islámico en árabe.
La operación policial que culminó con su detención se activó cuando los agentes detectaron una imagen modificada de la hermana pequeña, en la que aparecía con una pistola y símbolos del ISIS. «Ella era más impulsiva», explican los investigadores. «En cambio, la mayor había interiorizado la ideología yihadista, se la creía y la ponía en práctica». Aun así, «ambas asumían el rol que impone la doctrina del Estado Islámico: captar, divulgar y esperar a un hombre con el que casarse y ser sumisas». Mientras tanto, compartían sus anhelos de entregarse «a la yihad» y «morir como un mártir».


