Lo más cerca que un monarca ha estado de la Cuesta de Moyano es de lejos cuando visita los museos nacionales que la flanquean: el Prado, el Thyssen y el Reina Sofía. Sólo un poco más cerca está Alfonso XII, pero apenas por dar nombre a una calle. Entre libros y casetas nunca se vio a un titular de la Casa Real. Es en el centenario de esta librería a cielo abierto cuando una reina visita por primera vez la república de los libros de Moyano. Doña Letizia llegó a las 11.00, bajó del coche oficial en lo alto de la Cuesta y pasó junto a la estatua de Pío Baroja. A la espera estaban el alcalde de Madrid, la presidenta de la Comunidad y el ministro de Cultura. Y un poco más abajo, ya en pendiente y en formación, las fundadoras de la asociación Soy de la Cuesta, Carolina Méndez y Lara Berchi, y escritoras, y escritores, y periodistas, y editores, y representantes de los bouquinistes de París (hermanados en esta semana con Moyano), y público, y gente huroneando entre ejemplares nuevos y viejos sin hacer caso a más. La vida tal cual.
Por fuera puede ser otro acto más de agenda real, pero por dentro es un gesto sagaz. Apoyar algo tan frágil como la memoria y la verdad de la Cuesta, los 100 años de resistencia del Km 0 de los libros, celebrar que exista y continúe en pie. Y aún mejor: que sea un compromiso de la ciudad preservarla. Moyano no está en amenaza, pero sí en el límite de cierto auxilio. Moyano es un referente de identidad de la mejor ciudad del mundo, de la más felizmente agitada de Europa, la que limita al norte con Lope de Vega, al este con Quevedo, al sur con Velázquez, al oeste con Cervantes. Madrid son muchas periferias haciendo centro.
Una vez rematado el protocolo del saludo, Doña Letizia se acercó a la primera de las casetas por arriba, preguntó, escuchó, clavó los ojos en alguna edición... Siguiendo el paso estábamos unos cuantos convocados, miembros de honor de la Asociación Soy de la Cuesta: Rosa Montero sin la asustadiza Petra (una teckel de pelo duro), la editora Ana Gavín, el compañero Pedro Simón, las periodistas Mara Torres y Marta González Novo, también Carlos del Amor, María José Solano, Karina Sáinz Borgo, Javier Rioyo, María España (viuda de Francisco Umbral, psicofonía de esta cuesta), el escritor Javier Sierra y las narradoras Espido Freire y Vanessa Monfort, el ultratodo y ensayista Edu Galán y la ilustradora Ilu Ros.
Hubo algunos ejemplares de regalo para Doña Letizia, cacé al vuelo una edición de los cuentos de Edgar Allan Poe y otra de Chesterton (éste no va mal para el día después de la elección de un Papa de Roma). Hubo parada en casi todas las casetas: la del histórico Armando Castrillo, la del solvente Javier Fernández, la de los Gomis (de los primeros en llegar a Moyano en 1925, bien surtida de primeras ediciones de la Generación del 27 y alrededores), la del mítico Pepe Berchi (ahora con Ángela Carmona al frente), la de Paloma Grimaldos, y la de Juan Carlos Castrejón, y la de Jonás Domínguez, la de Javier Bravo o la de Fernando Plaza.
¿Y de qué hablaron con ella? Pues de lo que se habla en Moyano: de lecturas, de títulos, de autoras y de autores. De quién consiguió no sé qué edición formidable, de que otro encontró un manuscrito perdido, de que si las cartas desatadas de Galdós a Emilia Pardo Bazán están a punto de aparecer. Cosas así. Por aquí pasaron Valle-Inclán (con y sin brazo), Baroja, Azorín, Lorca, González-Ruano, Umbral. El mejor roperío de la literatura. Iban como se va a una farmacia de guardia, buscando algún remedio.
La única vez que delinquí fue en este palmo de callearriba. Una edición de Las flores del mal en versión de Eduardo Marquina. Se lo levanté al más barojiano e inflamable de los libreros. Tardé una hora en echarlo al morral y disimulaba tanto que sólo podía ser sospechoso. No valgo para esto, pero a los 20 años y sin hacer la mili era importante incumplir. A la Cuesta de Moyano le debemos algunos entusiasmos en la vida. Hallazgos y tropiezos felices. Páginas memorables. Veneno bueno de Madrid. Y en 100 años una reina vino por vez primera a caminarla.


