Isabelita está feliz. Vestida como una virgencita, inmaculada de comunión, lleva la mano en alto, con cuidado para que no se le machuque el ramo de flores. Aguarda junto a otras niñas a que empiece la procesión. Todas están de espaldas, a ella es a la única que se le ve la cara. No destaca sin embargo por esto, Isabelita Clemente llama la atención porque es bisoja.
En su cara angelical su mirar descolocado es un imán que apunta a lo que, antes que ninguno, supo ver Ricard Terré y que desde aquel lejano día de la Semana Santa de Sant Boi de Llobregat de 1958, nos enseña a todos los que nos asomamos a esta fotografía: sensibilidad y empatía, igualdad lejos de cualquier compasión. Con un clic el catalán borró la marginación a la que habían condenado a la niña por su defecto.
La imagen más reconocible del fotógrafo catalán forma parte de la exposición La mirada reflexiva de Ricard Terré, que presenta la Real Academia de San Fernando. Octava muestra de la serie Maestros de la fotografía en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, con la que la institución saca a la luz la obra de los grandes maestros de la fotografía de sus colecciones.
"No lo hubiera imaginado jamás. Colgar sus fotos aquí le habría hecho completamente feliz. Para mí es un orgullo que el arte humilde y sencillo de mi padre esté en el mismo lugar que la obra de Goya; la obra de Ricard Terré no puede estar en mejor sitio", admite Laura Terré, hija del fotógrafo, fiera custodia de su legado que comisaria la exposición.
Exposición pequeña en sus dimensiones, pero enorme por su contenido, desvela los mimbres de este autor que le han convertido en una figura imprescindible de la fotografía española de la segunda mitad del siglo XX. Menos conocido que los otros miembros de la generación del documentalismo neorrealista español de los años 50 y 60, su talla alcanza la altura de autores tan reconocidos como Ramón Masats, Gabriel Cualladó, Francesc Català-Roca, Francisco Ontañón, Nicolás Muller, Carlos Pérez Siquier, Xavier Miserachs, Joan Colom, Francisco Gómez y Leopoldo Pomés.
"Fue un niño de la guerra, como todos los de su generación. Vieron de todo cuando todavía eran muy pequeños y eso les marcó, pero también les ayudó a ver la realidad", explica Laura Terré.
Nacido en una familia ilustrada, Terré mostró interés por las artes. Cultivó la pintura y la caricatura hasta que a los 27 años se sintió atraído por la fotografía. El momento decisivo sucedió en el Jueves Santo de 1957. Solo necesitó disparar dos carretes de doce instantáneas cada uno para sentar las bases de su trabajo.
Aquellas imágenes son el vademécum de su temario y estilo. No los abandonaría hasta sus últimas fotos. Las fotografías realizadas por Terré a lo largo de distintas épocas no se distinguen cuando fueron tomadas. Su estilo personal y su manera de capturar los instantes están sobre ellas y las hacen transcender.
La infancia, la mujer, los trabajadores, la gente de la noche. Ritos, miserias, fiestas, alegría, miedo, religión y muerte. La vida misma. Todo a través de una intuición infalible, gran sentido fotográfico y sensibilidad infatigable. Desde aquellas primeras instantáneas, hasta las últimas que realizó, Terré se mantuvo absolutamente fiel a sus principios. Con ellos se hizo un gigante.
Fotógrafo no profesional, Terré vivía de una actividad comercial ajena a la fotografía. Padre de familia numerosa, por ella se trasladó a Galicia en 1959. Allí abandonó el quehacer fotográfico 22 años. De igual forma que la dejó, en 1982 regresó a la fotografía. Galicia y Portugal se convirtieron en el vivero fecundo que alimentó su pasión por la captura de imágenes.
Compañero de Cristina García Rodero en farras místicas y correrías folklóricas, las ancestrales tradiciones galaicas fueron caldo de cultivo para su trabajo. Vorágine de más de 15.000 negativos y 1.500 copias, son el sincero diario de a bordo de la realidad que profesionó ante sus cámaras.
Con su aguda mirada, Terré capta sin tapujos escenas del día a día. Tamizadas por su objetivo, se integran en nuestra memoria. Rastreador implacable, es honesto testigo de los momentos esenciales del alma humana. Se aproxima a ella a través de sus protagonistas y lo expone con delicadeza y ternura salpicadas con leves gotas de ironía.
El resultado es un perturbador espejo del tiempo y los lugares que le tocó vivir; los mismos que sustancian la realidad en la que, 67 años después de que Isabelita Clemente esperase la llegada de aquella procesión, continuamos nadando.



