Hoy hace cinco años del primer día del encierro doméstico al que nos obligaron el covid y Pedro Sánchez. Aquella mañana se estrenó la tétrica nueva normalidad de hacer galletas en casa, de botellones vía zoom y bajadas de pánico al súper abriendo el pomo del portal con el codo y mirando a los demás como si fueran minas andantes. El confort inicial, la gracia de la novedad de estar con los tuyos en pijama y esperar con ilusión acabar el día con un botellín y de fondo las sesiones streaming de Dj Nano, se fundió con el paso de las semanas, quedando la angustia del hogar-presidio, la desesperación de no ver un fin y la triste alegría de que los primeros pasos de tu niña fueran de la cocina al mini balcón en un piso de 60 metros en Arganzuela. Somos mediterráneos, no finlandeses, y lo de estar en casa a cal y canto confirmamos que, aunque mansos y obedientes, lo llevábamos fatal.
Estos días de aniversario redondo, en vez de poner velas por los que cayeron está la política enfangada en echarse los muertos a la cara. Isabel Díaz Ayuso ha entrado de lleno al ring que la izquierda lleva mucho tiempo preparándole mientras la justicia tumba una y otra demanda contra la gestión de las residencias. Reyes siempre del relato, este arreón es realmente llamativo y arriesgado porque quien gobernaba el país esos días era el PSOE con Podemos, partido matriz de Más Madrid. Ayer mismo, en las primera páginas de este periódico, desde Moncloa contaban con tono épico las horas decisivas de hace un lustro, cuando cambiaron de repente la inacción por el cerrojo medieval, decretando el encierro más severo de Occidente.
Fueron las discusiones de un Consejo de Gobierno histórico, donde Pablo Iglesias se puso la boina con la hoz y el martillo y afiló las zarpas para aprovechar el drama e intentar aplicar sus ensoñaciones de mini Lenin de facultad, desde ordenes marciales a la expropiación de la empresa privada. Todo quedó (menos mal) en algo tan simple y terrorífico como el portazo con tres vueltas de llave y una serie de medidas que el tiempo cada vez dibuja más absurdas, del castigo cruel a los niños, a los paseos por tramos de edad o las multas por cruzar un deshabitado camino rural para dar de comer a las pobres gallinas.
El afán de echarle encima a Ayuso una cifra tremebunda de muertos se vuelve de inmediato como boomerang al recordar el global de fallecidos. ¿Esos cientos de miles en toda España son culpa de Sánchez o Iglesias? "Asesinatos", ha dicho la socialista Reyes Maroto para referirse a las muertos en las residencias madrileñas. Ella era ministra de España entonces, con alguna responsabilidad (suponemos) en la gestión de la pandemia. Igual que el novio de pago de Jessica.
Conviene no olvidar las semanas previas al colapso, cuando en Italia (a dos horas de avión) se había declarado la alerta sanitaria y ciudades enteras estaban ya bajo confinamiento. Aquí, sin embargo, el miedo al virus se trataba desde el Gobierno y las terminales afines como una paranoia rara y fachosa.
En el late show favorito del presidente, ahora estrella de La 1, se cantaba a coro «Coronavirus, oé» y los pronósticos errados del siniestro Fernando Simón, escuchados hoy, suenan a parodia de José Mota o Muchachada Nui. ¿Contagios aquí? Ninguno, o uno, si acaso. Todo con el Gabinete de Ministros animando en bloque a acudir a una manifestación masiva, con el virus ya desbocado y a pocas horas de que Madrid se adelantara y empezara a cerrar los colegios. Era el primer año del 8-M y el gobierno morado no podía quedarse sin esa foto, aunque pusiera en riesgo a los miles de asistentes. También Vox hizo un acto de partido, como tantos otros eventos durante ese fin de semana de Noches Sabineras y garitos abarrotados. La vida seguía, claro, porque el Gobierno no decía lo contrario.
Seguiremos esperando a que Évole, Fortes o los especialistas en dramas de los periódicos hagan reportajes sobre los abuelos y abuelas que esos días fallecieron tras contagiarse de familiares que el domingo estuvieron, sin guantes, en aquellas marchas callejeras. Es fácil imaginar los documentales que ya se habrían facturado si en las mismas circunstancias, sobrevolando una pandemia mortal, un gobierno de derechas hubiera animado a la gente a manifestarse por la Constitución, por la familia o lo que fuera.
Ayuso entra al trapo que le ponen sus obsesionados enemigos en forma de cebos sectarios (emitidos por RTVE) cuando Madrid demostró que incluso de los peores traumas se puede salir con energía y ahí están los datos económicos y turísticos de la región. Y sus resultados y los ajenos en las urnas.


