MADRID
Coronavirus

Los héroes del Covid, cinco años después: "Recogimos cada cadáver como si fuera el de nuestro padre"

Cuando se cumple el quinto aniversario de la pandemia, recopilamos los testimonios de los protagonistas en la lucha contra el coronavirus

Alejandro Montero, bombero del parque de Las Rozas.
Alejandro Montero, bombero en Las Rozas.JAVIER BARBANCHO
Actualizado

Alejandro Montero, bombero

«Recoger cadáveres fue lo que nos salvó». La frase suena con toda su crudeza mientras un diluvio universal azota las paredes de este parque de bomberos de la Comunidad de Madrid, situado en la localidad de Las Rozas.

Alejandro Montero se dispone a rememorar aquellos dolorosos momentos vividos hace cinco años cuando el mundo entero quedó atenazado por la pandemia del coronavirus. Él y todo su equipo fueron los primeros bomberos que se ofrecieron a trasladar los cuerpos de los fallecidos por el Covid.

Paradojas de la vida, aquella terrible misión fue lo que les fortaleció y les dio energía para seguir adelante.«Estaba todo parado y apenas teníamos salidas. No nos dejaban relacionarnos y nosotros necesitamos tener contacto humano. Y así fue cómo una situación durísima se convirtió en una oportunidad para conectar y estar más unidos», relata Montero, jefe de equipo del parque de Las Rozas.

Su trabajo consistía en ir a las residencias en dos furgonetas con ocho ataúdes cada una para llevar los restos mortales a la morgue del Palacio de Cristal.

Realizaban siempre el mismo ritual: primero, rociaban el cuerpo con lejía y lo metían en una bolsa con una cremallera. Después, volvían a rociar la mortaja con lejía y la colocaban dentro de un sudario. Y, por último, echaban de nuevo lejía en el ataúd y allí introducían el sudario.

Este bombero quiere lanzar un mensaje tranquilizador a las familias que no se pudieron despedir de sus progenitores: «Desde el principio tuvimos claro que íbamos a recoger los cadáveres como si fuesen los de nuestros parientes. Quiero que esto lo sepa todo el mundo. Tratamos a cada uno de los cuerpos como si fuese el de nuestro padre y te garantizo que eso fue así. Mirábamos sus fotos, las poníamos boca abajo y les dábamos todo nuestro cariño hasta que los depositábamos en sus ataúdes», relata emocionado.

También ellos -que parecen tan fuertes e invencibles- tuvieron que recibir ayuda psicológica para sobrevivir a la tragedia. «Los psicólogos venían y con ellos soltábamos toda la mierda y el estrés acumulado. Pero la terapia en el cuerpo de bomberos parte siempre de nosotros. Estamos muy unidos y lo hablamos todo entre nosotros», explica.

A este bombero de 1,88 metros con 18 años de trayectoria a sus espaldas no le importa reconocer que se rompió y lloró más de una y de dos veces. «Hay que llorar también. Mi mujer me ha hecho más humano e igual que me ha enseñado a disculparme, también me ha enseñado a llorar. Y es algo que yo le digo a mi hijo: 'Si lloras no eres más débil sino todo lo contrario, te estás fortaleciendo'», confiesa.

Todos los bomberos se contagiaron y él mismo lo hizo hasta tres veces. Sus hijos también se infectaron y el médico le dijo que tenía que dejar a su pequeña de cinco años aislada en una habitación. Él se negó y le respondió que se quedaría junto a ella para cuidarla.

¿Lecciones aprendidas de la pandemia? «Que la gente mayor no puede morir sola bajo ningún concepto. El miedo atenazó a la sociedad y abandonamos a los más desvalidos. Eso me destrozaba. ¿Por qué no les permitieron llevarse a casa a sus familiares? Si mi madre hubiera muerto así, yo estaría muy enfadado». Todavía espera que alguien pida perdón por lo que pasó y que pronuncie las palabras mágicas: «Lo siento, nos equivocamos».

Nerea Barros, actriz y enfermera

La actriz Nerea Barros.
La actriz Nerea Barros.ALEJANDRO LOAYZA

Ella fue una de las pocas personas que nunca se quedó en casa. Desde el primer momento, Nerea Barros -ganadora de un Goya por La isla mínima- salió a la calle cámara en mano para filmar todo lo que estaba sucediendo.

No fue una tarea fácil porque no le permitían rodar y tenía que sortear los numerosos controles de la Policía y del Ejército que se instalaron por Madrid en aquel fatídico mes de marzo. Todo ello quedó inmortalizado en el documental 2020, rodado junto a Hernán Zin -reportero de guerra argentino- que reflejó los primeros días de aquel estado de alarma desde todas las trincheras: ambulancias, hospitales, funerarias, morgues...

En el momento en que empezó a grabar en las residencias, fue cuando Barros se dio cuenta de la gravedad de lo que sucedía. Le dolía en el alma el goteo de muertes silenciosas de los ancianos y decidió volver a vestirse los hábitos de enfermera para trabajar en la residencia Santa Sofía de Las Rozas.

Si tiene que recordar lo que pasó en aquellos momentos atroces le viene a la cabeza el olor a lejía y a muerte y esa sensación dantesca de estar sufriendo el fin del mundo. Convivir todos los días con el horror es algo que te marca para siempre.

«Había momentos en los que el enfermo tenía una parada cardiorrespiratoria y no había oxígeno en la habitación. Entonces, tenía que salir a agarrar una bala de oxígeno y gritar a los auxiliares en los pasillos para que me ayudaran. Debía poner una vía a toda leche para intentar revivir ese pulmón como fuera. Al personal sanitario también le entraban ataques de pánico», recuerda.

El horror se traducía en esos instantes en los que lo único que podía hacer la intérprete era agarrar la mano de alguna persona mayor y decirle que estaba ahí. Y también en ese aterrador momento en el que había que marcar el número de teléfono de los familiares para comunicarles que su padre o su abuelo había fallecido.: «Lloraban todos desesperados porque no habían podido estar ahí para darles un abrazo».

No se olvida de algunas caras, como la de aquella mujer que padecía una úlcera de decúbito muy grande y Barros le practicaba una cura todos los días.

«Yo ponía mogollón de empeño en tratarla y me despertaba muchísima ternura. Un día llegué y se había ido. Me pegué una llorera tremenda. Mis compañeros me decían que no me lo podía tomar así, pero somos humanos». La actriz también recuerda que muchos mayores le contaban que no querían seguir viviendo así porque no podían salir a la calle ni ver a sus hijos.

En medio de tanto espanto también se acuerda de algunos momentos de cierta felicidad cuando en la residencia organizaban un baile de pueblo con un radiocassette para que los mayores pudieran mover el esqueleto y distraerse.

El Covid ha marcado a Barros tan profundamente que toda su obra posterior se encuentra basada en lo que sucedió hace cinco años. «Ver morir a tantísima gente me cambió por completo. Hay un legado de esas personas que estamos olvidando», reivindica.

Por eso, actualmente está rodando Raíces d' Agua, su primer largometraje como directora en el que narra la historia de dos ancianos que inician un viaje por la costa valenciana a través de su memoria. «Este país no pone en el lugar que se merece a los ancianos. Habría que honrar a todos los que murieron», concluye.

Julio Ruiz Palomino, médico del Summa 112

El médico del Summa 112, Julio Ruiz Palomino.
El médico del Summa 112, Julio Ruiz Palomino.ALBERTO DI LOLLI

Este sanitario era de los pocos que estaba familiarizado con las graves enfermedades infecciosas, ya que fue el encargado de trasladar a los sacerdotes que contrajeron el ébola en Camerún -una dolencia con una mortalidad del 50%- desde el aeropuerto de Barajas hasta el hospital Carlos III, además de transportar también a enfermos de la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo.

Pero por mucha experiencia que Julio Ruiz Palomino tuviera en su trayectoria nada le preparó para el tsunami del coronavirus que se avecinaba y que se llevó a su paso todo lo que encontró por delante.

Su tarea consistía en trasladar en ambulancia a los enfermos más críticos desde sus viviendas o de los hospitales secundarios hasta los grandes: «Llevábamos a los enfermos más graves con neumonías bilaterales en los dos pulmones. A veces no sabíamos el grado de infección que tenían. Iba a las UVI llenas de pacientes gravísimos y volvía a casa, pero por mucho que te quitaras la ropa...», indica.

Por eso, Ruiz Palomino tomó la decisión de irse a vivir a una autocaravana que aparcó en la puerta de su residencia. Desde allí vigilaba a sus dos hijos y todavía tenía tiempo de regañarles y decirles que no jugaran tanto tiempo a la PlayStation.

Lo más impactante era acudir a las viviendas y ver esas caras aterrorizadas o atender a familias enteras contagiadas. Allí vivió de primera mano la actuación heroica de muchos mayores que le rogaron que no les llevasen al hospital porque sabían que no tenían posibilidades.

Todavía guarda en su retina algunos de esos rostros, como el de una señora mayor que le pidió el teléfono para hablar con su hijo. «Le dijo que estaba muy orgullosa de él y que le hubiese gustado ver más a sus nietos. Se estaba despidiendo y yo con el teléfono temblando en la mano. Estaba muy entera», evoca.

La mujer se encontraba junto a su marido, los dos con fiebre y tosiendo, y allí les dejó con oxígeno para cuatro horas sabiendo que ambos iban a fallecer.

«Acudíamos a cualquier aviso y se me moría la gente en los brazos. Nosotros teníamos oxígeno en la ambulancia, pero en los hospitales no había y, a veces, dejábamos a los pacientes sentados en una silla».

Uno de los momento más críticos que sufrió fue cuando tuvo que trasladar de urgencia a Puerta de Hierro a su propio compañero, que se encontraba en un quirófano en Arganda: «Le intubé y le puse un respirador. Si te equivocabas sabías que podía morir y un compañero es más que un familiar. Ahora está vivo y dando clases».

Ruiz Palomino desmiente que se dejase morir a los ancianos en las residencias y asegura que «se hizo muchísimo». Pero también admite que había que hacer un triaje para ver quién era el candidato ideal para subirse a cada UVI móvil. «Si hubiésemos llevado a algunos pacientes de 80 años a un hospital, se hubieran quedado dos meses en la UVI y se hubiesen muerto. Estábamos quitando opciones a enfermos de 50 años. Pero si tenían alguna posibilidad y buena calidad de vida, sí que les trasladábamos», confiesa.

Cuando se montó el hospital de campaña en Ifema, este médico empezó a ver la luz al final de túnel. «Comenzamos a comprobar que los pacientes se curaban. Ahora estamos más preparados ante nuevas pandemias con el hospital Zendal, listo para activarse ante cualquier emergencia».

José Palacios, jefe de Anatomía Patológica del Hospital Ramón y Cajal

El patólogo José Palacios.
El patólogo José Palacios.ALBERTO DI LOLLI

Este médico del hospital Ramón y Cajal tuvo la difícil misión de ser de los primeros en realizar las autopsias de los fallecidos por el Covid para entender mejor cómo actuaba esta enfermedad que sorprendió en su día a toda la comunidad científica.

En un principio no se realizaban autopsias por motivos de seguridad, ya que los cuerpos podían seguir contagiando una vez fallecidos. Tampoco había disponibilidad de trajes de protección EPI por lo que hasta mediados del mes de abril de 2020 no se practicaron los primeros exámenes anatómicos.

En aquellos tiempos las especialidades médicas saltaron por los aires y los sanitarios se pusieron a remar donde más se necesitaba. Los patólogos -que se encargan del estudio de las lesiones del cuerpo humano mediante las muestras extraídas del mismo- pasaron a reforzar las plantas o a dar soporte en los laboratorios de microbiología o de bioquímica.

José Palacios se contagió de coronavirus muy al principio por lo que tuvo que permanecer tres semanas confinado tras declararse el Estado de Alarma. El jefe de Anatomía Patológica del Hospital Ramón y Cajal recuerda aquellos primeros días de desconcierto como los más complicados: «Fueron tres semanas de mucho agobio. Eran momentos muy duros porque había muchos fallecimientos. La sala de autopsias servía como morgue».

Cuando los médicos clínicos lograron estabilizar la situación, empezaron a pedir a los patólogos que realizasen autopsias con el fin de contar con más datos sobre el coronavirus e intentar averiguar los motivos de la muerte de enfermos que no ingresaban demasiado graves y, en cuestión de muy poco tiempo, sufrían un agravamiento.

«Se iban a la UCI y fallecían de forma inmediata. Entre que pasabas la visita de un lado a otro, ya habían muerto. Eso me impactaba», asevera.

El Ramón y Cajal fue un hospital pionero en este sentido y el primero en realizar las disecciones de los fallecidos de Covid y, luego, se fueron incorporando el resto de centros médicos. «En la primera autopsia se estudió la evolución de un paciente y cómo en su patología pulmonar había lesiones que iban de la fase inflamatoria a la fibrosis pulmonar y se explicaba por qué el enfermo no había podido salir adelante», explica Palacios.

Las autopsias de los hospitales tienen que ser solicitadas por los médicos clínicos y autorizadas por las familias y se realizan con fines médicos y científicos. Por lo tanto, no tienen nada que ver con las que ejecutan los forenses por orden judicial cuando hay una sospecha de muerte violenta o dudosa.

El departamento del Ramón y Cajal realizó más de 30 autopsias en un año, sobre todo, de los enfermos procedentes de las UCI que morían en fase aguda. «Tardamos alrededor de dos horas en llevarlas a cabo y en ellas participan dos patólogos, un técnico de apoyo y los residentes que se estén formando en esos momentos», indica.

Palacios no descarta que lleguen nuevas pandemias en el futuro porque las enfermedades infecciosas siguen avanzando. También se muestra convencido de que los hospitales están mejor preparados organizativamente y que los pasos que se dieron en su día se podrán implementar de manera más rápida.