Pocos gestores culturales en España han vivido la música desde tantos frentes como Raquel Rivera (Orense, 1976), quien antes de asumir la dirección del Real Teatro de Retiro ejerció de violinista en la Orquesta Nacional en la época dorada de Josep Pons, fue profesora e investigadora especializada en Derecho de la Cultura y tuvo tiempo también de fundar el Festival de Arte Sonoro Español en Berlín. «Todavía sueño que recibo una llamada para sustituir en el último momento al solista del Concierto de Brahms», cuenta en su despacho de la sede junior del Teatro Real, que desde abril del año pasado ofrece una temporada alternativa dedicada al público infantil y juvenil. «En realidad no sé si es un sueño o una pesadilla, pues aún me acuerdo de la partitura, pero he perdido mucha práctica...», dice, y luego ríe.
La afición a la música clásica se la inculcó su abuela, Lucita, alumna del maestro José Cubiles que llegó a ser pianista profesional en los años 20 del siglo pasado. «Nos llevaba a conciertos, daba recitales en casa y nos ponía música de Lutoslawski en un equipo de alta fidelidad cuando en España nadie sabía quién era ese señor», recuerda la ex gerente de la Fundación Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. «Iba a estudiar Medicina pero al final me decanté por el Derecho para complacer a mi padre, pero la música ha estado muy presente en mi vida». Lo primero, dice, fue la formación estética (durante su estancia en la Academia de España en Roma), después la visión ética (a su paso por la capital alemana) y, finalmente, el servicio público (a propuesta, en 2018, de la Consejería de Cultura).
Y así, tras diseñar y capitanear la reestructuración laboral, jurídica y financiera de la ORCAM con excelentes resultados, Rivera toma ahora las riendas de la segunda temporada (la primera con sello propio) del Real Teatro de Retiro. «Mi objetivo, como lo fue entonces, no es otro que cumplir a rajatabla con un plan estratégico que mira a la inclusión y a la diversidad para fomentar los derechos culturales de los ciudadanos, especialmente los del público infantil, que es nuestra esperanza y apuesta de futuro», explica más adelante, durante un paseo por las bambalinas del teatro. «Cada ladrillo de este edificio llama a gritos a los más pequeños para que se habitúen a esa práctica estética que llamamos escucha, y que consiste en algo tan sencillo, y al mismo tiempo revolucionario, como entender al otro y ponerte en su pellejo».
Además del estreno de un nuevo montaje de Pinocchio a cargo de Cristina Cubells, la nueva programación, que arrancará con un concierto de voces blancas dirigido por Ana González (5 de octubre), transcurrirá en paralelo a los títulos del Teatro Real, con talleres familiares sobre Adriana Lecouvreur de Cilea, Maria Stuarda de Donizetti, El cuento del zar Saltán de Rimski-Kórsakov y La traviata de Verdi. «Con la ayuda de la directora artística Rita Cosentino, que ha hecho un trabajo formidable, queremos seguir creciendo, llenando la sala, reafirmando nuestro compromiso con la excelencia y esforzándonos para convertir este espacio en un teatro de referencia en España». Para ello dispondrá de 258 funciones (en sesiones familiares y escolares) de ópera, conciertos, teatro, cuentos y cine mudo con música en directo.
De sus años como coleccionista de matrículas en COU y estudiante violín en Madrid, Rivera recuerda sus frecuentes escapadas al Auditorio Nacional. «Pronto se convirtió en mi segunda casa, un escaparate de grandes violinistas, como Vadim Repin o Maksim Venguérov», evoca. «Eran tan geniales que finalmente opté por el camino de la prudencia y entendí que no debía proyectarme profesionalmente en el instrumento». De los años 80 en los que se crio, le gustaría rescatar el «ambiente de creatividad desbordante» que transmitía a los más pequeños La bola de cristal. «Ahora algunos productos culturales son tan sofisticados y perfectos que apenas dejan margen a la interacción. Entonces todo estaba por hacer: nosotros aprendíamos a ver la tele mientras otros aprendían a hacerla».

