MADRID
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20 años del Samur Social, el legado de Ana Botella, clave en más de 1.000 grandes emergencias: "Sin nosotros, muchas vidas serían aún peor"

GRAN MADRID se adentra en el centro de operaciones de un servicio que fue creado en 2004 y que vela por personas que requieren atención social

El equipo del Samur Social atiende llamadas en la central.
El equipo del Samur Social atiende llamadas en la central.JAVI MARTINEZ
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En el número 10 de la Carrera de San Francisco, mientras el diluvio abraza las calles de la capital, los teléfonos repican una y otra vez en una de sus salas principales. Pueden llegar a sonar más de 300 veces durante un día cualquiera, con especial insistencia durante la mañana (un centenar). Es la rutina del Centro del Samur Social Darío Pérez Madera, el corazón que late sin descanso para que nadie pierda nunca la esperanza. Desde ese gran despacho, tratan de hallar (y hallan) respuestas a miles situaciones de emergencia social que acontecen en cualquier momento y en cualquier rincón de una capital infinita. Se convierten en el bastón al que muchas personas mayores se agarran cuando en un hogar hace eco la soledad. O en la fuerza para seguir adelante cuando el drama zancadillea una vida. El faro contra el desaliento social cuando no hay techo bajo el que cobijarse. Cuando las necesidades básicas se esfuman. El álbum fotográfico tras las 20 velas que sopla el Samur Social, integrado por más de 200 profesionales, resulta interminable.

Un intenso relato que, sin embargo, empezó a fraguarse un año antes, en 2003, recién investido alcalde Alberto Ruiz-Gallardón, y con Ana Botella como concejala de Asuntos Sociales. Y que, durante su gestación, se encontró con la crudeza del 11-M que tantas realidades cambió. Lo recuerda desde Alicante Tony Belmar (66 años), hoy jubilado, y que trabajó estrechamente junto a Darío Pérez Madera (1959-2022), quien da nombre al centro de operaciones del Samur Social. «Nos tocó enfrentarnos al 11-M y eso nos hizo replantearnos cosas. Había que tener claros una formación y protocolos para cubrir tantas y tantas situaciones, por lo que se abrieron muchos campos de trabajo tras el atentado», relata a este periódico. «Aprendimos que necesitábamos formación. Siempre que hay una emergencia, tiene que haber un espacio para la descontaminación emocional. Para evacuar todas esas emociones y que no hagan daño a la persona», abunda en su memoria.

El día del estreno del Samur Social, en 2004.
El día del estreno del Samur Social, en 2004.PACO TOLEDO

Tanto él como Raquel Herrero (63 años), jefa de Unidad de la Central de Samur Social del Mayor, vivieron el amanecer de ese cuerpo, que sucedió, mucho más reforzado, al Servicio de Información Telefónica y Atención de Emergencias (Sitade) que funcionó hasta aquel junio de 2004. «Tras el 11-M se vio que era necesario un servicio más fuerte de atención social, supimos lo duro que es estar cara a cara con personas tras tanto sufrimiento. Se asoció su nombre al de Samur Protección Civil, para que todo lo que fuera emergencia llevase ese nombre de Samur», detalla sobre esos orígenes. «En las emergencias intervienen primero la Policía, los Bomberos, los sanitarios, pero después hay cuestiones que resolver y ahí entramos nosotros. Todos los días se pierden mayores desorientados, gente se queda sin hogar y siempre estamos en esa primera atención».

"De repente, un policía se derrumbó y empezó a llorar"

En 2005, entró como trabajadora social Mar López Jiménez (46 años), hoy jefa del departamento de Samur Social, adscrito al Área de Políticas Sociales, Familia e Igualdad que encabeza José Fernández: «En aquellos años había una respuesta de seguridad y emergencia, pero faltaba esa patita de lo social. Ese trabajo de acompañamiento para minimizar el problema. Samur Social fue el plus que le faltaba al Ayuntamiento». Según los datos municipales, durante las dos décadas han recibido 1,2 millones de llamadas, 225.000 emergencias individuales o familiares y 1.150 grandes emergencias. Ninguno de los trabajadores olvida las secuelas de aquel trágico accidente de Spanair en Barajas (2008). O el incendio en el parque de Valdezares que obligó a evacuar varios barrios (2012). O aquella explosión en el número 98 de la calle Toledo (2021). O la de General Pardiñas (2022). Y, por supuesto, la asistencia en la pandemia o Filomena.

Hay montones de intensas anécdotas tras esos 20 años de travesía. Tony Belmar rescata una de tantas. «Llegamos a casa de unos ancianos, que se preveía que estaban muertos porque hacía días que no abrían y hasta olía mal en el rellano. En la apertura de la puerta estaba la Policía Municipal, Bomberos, Samur y Samur Social. De repente, un policía se derrumbó. Empezó a llorar porque su padre había muerto hace pocos días y tuvimos que tranquilizarle. Por eso, antes de cada intervención hacíamos la misma pregunta: '¿Quién de vosotros ha tenido una situación familiar delicada? Si alguno está en esta situación, que no venga. Quedaos en la central, pero no acudáis porque hay que cuidarse'. Y es que todo te puede remover emocionalmente».

Integrantes del Samur Social, durante la pandemia.
Integrantes del Samur Social, durante la pandemia.JAVI MARTÍNEZ

Desgrana Raquel Herrero su trabajo durante años con personas mayores. «Se te queda marcada la cantidad de personas mayores solas que hay y que no quieren estar solas. Hacemos un gran esfuerzo en ir a los domicilios y ver cómo están. Se van muriendo hermanos, amigos, personas cercanas y muchos están realmente solos. He descubierto esa soledad. Así que, nuestra labor es que no se queden aislados y entren antes de lo deseado en deterioro cognitivo».

Y Mar López, que no olvida aquellos crudos días de la pandemia, aporta su perspectiva. «El día a día es duro de afrontar porque hay casos personales que se te quedan grabados. A veces te preguntan cómo eres capaz de dejar todo fuera. Cómo se soporta. Me quedo con que la situación de las personas sin hogar podría ser peor sin nuestra intervención. Este trabajo es indispensable».

"A veces te tienes que desahogar"

De Samur Social depende el centro de emergencia temporal Las Caracolas, que nació para dar respuesta a crisis de refugiados. Y que Mar lo rescata para hablar a sus hijos: «Trato de que vean que el mundo no es tan fácil, que hay gente que pasa por situaciones dramáticas. Y les pongo ejemplos de los niños de Las Caracolas. A veces te tienes que desahogar, pero trato de hacer ver a mi familia los privilegios que tienen».

«Me gusta mantener dos espacios diferentes y casi nunca hablo en casa de trabajo. Lo que sí he transmitido a mi familia es la suerte por tener una vivienda, estudios y poder estar tranquilos», reconoce Raquel. «La sociedad actual tiene más variedad de recursos, pero también bastante complejidad. Los individualismos hacen que pases de vulnerable a desprotegido», completa Tony.

Y resuena una frase de Darío Pérez Madera, alma de ese Samur Social que es vital en el Madrid de hoy, como lo era en el de hace 20 años: «Los que nos dedicamos a esto no nos haremos ricos, pero seremos más felices».