MADRID
Castiza de Palo
Opinión

Y tres años después, cumplí

PREMIUM
Actualizado

No cogí una bici en todo el año. Y al siguiente, tampoco. Mucho menos, el de después. Pero ahora, he cumplido.

Y tres años después, cumplí
JAVI MARTÍNEZ

Ha tenido que llegar Bicimad a mi barrio, como a tantos de la periferia, para que yo haya cumplido al fin un propósito de año nuevo prepandémico. No es que sea yo mucho más creyente en los buenos propósitos que en el horóscopo, uso ambos como meras excusas para retarme... para perdonarme después, cuando no cumplo.

El caso es que por motivos ajenos a esta columna empecé yo 2020 con intención de resetearme, todo antes de saber que no hubiera podido terminar el año siendo la misma ni poniendo toda mi fuerza de voluntad en no hacer absolutamente nada. Un poco hastiada de pagar pastones en cada revisión del coche y, por qué no, con el aliciente de perder algunos kilillos, me propuse convertirme en ciclista urbana.

Me veía yo surcando la Gran Vía con la melena al viento y una bonita tote bag a juego con el mood del día (todo el mundo sabe que la bolsita de tela es el básico de cualquier ciclista que se precie); me imaginaba ejecutando ese zigzag despreocupado entre los coches que desde el volante había vivido con muchísima ansiedad; me sentía como debe de sentirse una chica moderna de una capital europea: dinámica, ecológica, cool.

No cogí una bici en todo el año. Y al siguiente, tampoco. Mucho menos, el de después. Pero hace unos días, he cumplido.

Mi primer viaje fue catártico. Suena exagerado, pero prometo que me limito a describir la sensación. Qué libertad, qué empoderamiento. Cuando fui a devolver la bici, por supuesto, no tenía la menor idea de cómo anclarla, pero llevaba tal chute de felicidad que pedí ayuda a una chica y le conté mi vida, obra y milagros, como si quisiera ser su amiga. Qué narices, quería ser su amiga, darle un abrazo y que alguien compartiera mis endorfinas.

Todos mis compromisos a partir de ahí los organicé para ir pedaleando, no había distancia que se me resistiera. Hasta que llegó el primero, con prisas, y me pilló con dos bicis en la estación, las dos estropeadas. En las dos estaciones más cercanas, lo mismo: todas las bicis rotas. Ah, la ansiedad, esa vieja amiga que te baja a la tierra cuando tu gran plan se va al garete, menuda mañana pasé.

No he vuelto a coger una bici. En venganza, supongo.

Han tenido que pasar tres años y una ampliación del servicio Bicimad a la periferia para que yo cumpliera mi propósito de año nuevo, por muy coitus interruptus que haya resultado la experiencia. Rendirme a la primera es poco cool y poco europeo, ya me disculpará, en mi descargo diré que el día de autos era lunes. Nadie sobrevive a una bici rota en lunes. Sirva esta columna como propósito de enmienda.