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Isabel Preysler, de reina a mendiga de corazones

Vargas Llosa.
Vargas Llosa.GTRES
Actualizado

SU ÚLTIMO CARTUCHO. Derretirse ante Isabel Preysler a estas alturas está más pasado de moda que las botas Ugg. También meterse con ella, y en esto peco de largo en mi afán justiciero de desmontarle el chiringuito. Lo revolucionario es obviarla, tal y como hace ¡Hola! en su portada esta semana. Sin embargo, a mi pesar y el de muchos -no estoy sola en esto-, la filipina aún tiene poder de convocatoria. La presentación de su panegírico estaba a tope, una muestra más de la necesidad de nuevos personajes en la crónica social. Preysler aburre hasta las ovejas y lo sabe, por eso ha quemado su último cartucho: Vargas Llosa. Siempre supo que su relación con el Nobel era el mejor plan de pensiones, aunque no suficiente para seguir rica y en la pomada. Despechada aún por el abandono del escritor, Isabel quiere morir matando y cruza sus límites a la hora de contar intimidades para salir airosa de sus miserias y callar a la prensa incómoda. Su cero autocrítica a lo largo del relato resulta una entrañable pataleta, una venganza cuqui. Cuenta la versión más edulcorada de su vida, pero no le importa desvelar cartas privadas y secretos de otros si eso a ella le permite quedar por encima de ellos [la única carta firmada por ella está tan genialmente escrita para ser filtrada...] Isabel habla de maridos y ex novios "celosos", "soberbios", "maleducados" ahora que, o bien están muertos y no pueden replicarla, o bien pasan de entrar al trapo, como es el caso de Julio Iglesias.

Encuentro divertido que todavía haya quien la siga llamando "reina de corazones", cuando tras su última jugada maestra se muestra tan mendicante. Una mujer que hace de la indiscreción virtud, como cuando cuenta que Vargas Llosa tuvo cáncer, que le operó la nariz el mismo cirujano que a Carmen Martínez-Bordiú o que Miguel Boyer le ponía los cuernos a Elena Arnedo.

La "más elegante" cuenta así su "verdadera historia": porque su verdad es más importante que el dolor que casi todas sus relaciones, fruto de la infidelidad como ella misma revela, han producido a otras personas, a otras familias que prefieren vivir a la sombra de las exclusivas. Isabel prioriza que sus nietos conozcan su auténtica biografía, sesgada por sí misma, por eso ha decidido publicarla ahora, que vive un momento de "paz y tranquilidad" a la que añadimos no buscada y súper tostón porque si no, ¿a qué viene este libro? Al igual que Mar Flores hizo hace poco, Preysler se muestra también víctima de los hombres y del tiempo que le tocó vivir. Mar del postfranquismo, que según ella data de los 90. Preysler, del terrorismo, pues dice que lo más duro para ella fue separarse de sus hijos cuando éstos se marcharon a vivir a Miami con la "seño" -no con ella- tras el secuestro de su ex suegro, Iglesias Puga, a manos de eta. Así se escribe la Historia. Yo si fuera Ana Boyer o Tamara Falcó estaría cabreadísima, aún más que los Vargas Llosa, por cómo deja a sus respectivos padres, pero no se le pueden pedir peras al olmo. Con lo genial que hubiera sido que Mario e Isabel se hubieran despedido al estilo de Pardo Bazán y Pérez Galdós: -"¡Adiós, viejo chocho!" -"¡Adiós, chocho viejo!".